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Visto desde Alemania - Page 20

  • El fenómeno “Código da Vinci“

    medium_da vinci code.jpegEl marketing de la película ha producido su efecto. A pesar de las críticas negativas, la película resulta ser taquillera. Después del “tsunami” mediático que se ha producido antes del estreno, ahora podemos analizar con más distancia el fenómeno “Código da Vinci”. Estamos ante un género literario y cinematográfico que ha sido llamado “history fiction”. Ante este acontecimiento existen dos peligros: el ridiculizarlo y el darle demasiada importancia.

     

     

    No nos podemos quedar en lo anedótico: que se ha prohibido en la isla Samoa, que Umberto Eco se ha negado rotundamente a tener una mesa redonda en Vinci, Italia, con Dan Brown, que en la India se ha puesto un cartel en la película que confirma que se trata de una ficción y que no es apta para menores de 18 años, que ya se habla sobre la próxima película basada sobre el libro de Dan Brown “Angels and Deamons” en el que seremos testigos de asesinatos de cardenales durante un conclave: ¡no te lo pierdas!

     

     

    El sacerdote norteamericano del Opus Dei, John Wauck, profesor de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y autor del blog www.davincicode-opusdei.com fue entrevistado por el semanal alemán Focus el pasado 2 de mayo y explicaba así el fénomeno: “Es un cóctel. Brown habla de arte, de espiritualidad, de historia pagana, clásica y de la edad media, sobre sexualidad... Todo junto produce un cóctel que fomenta la curiosidad. Incluso es un cóctel muy “católico”.

     

     

    ¿Qué haría Dan Brown sin la Iglesia, sin el Vaticano, sin Roma?. Sus novelas dependen de la fascinación que emana de la Iglesia católica. Brown es el típico protestante americano. Las iglesias más antiguas de América son del siglo XVII. De repente, aparece en Roma y ve el obelisco egipcio, el Panteón pagano convertido en una iglesia. Ve San Pedro, las obras de Bernini. Esto fascina a cualquier americano porque su país no tiene mucha historia. En Roma encuentra la unión con el pasado. Uno de los efectos más importantes de los libros de Dan Brown es el aumento del turismo en Roma”. Sigue John Wauk: “Hablo de los EE.UU. porque allí han sido creadas estas novelas. Existe ahí un verdadero hambre por una cultura social menos trivial. Es la ansiedad por la historia, por el misterio, por la unión del pasado y del presente. Brown satisface este deseo. He observado como los jóvenes esperan pacientemente en una cola para pasar ante la tumba de Juan Pablo II con el “Código da Vinci” en la mano”.

     

     

    Según una encuesta realizada en Francia a mil jóvenes de 15 años, un 25% cree que Dan Brown ha hecho una investigación profunda y que, por lo tanto, es cierto lo que afirma en su libro. Cualquier persona con una mínima formación histórica, artística y teológica se da cuenta de que lo único cierto en la novela son las páginas del libro. Si alguien pretende aprender algo con este libro, resulta que sólo aumentará su ignorancia.

     

     

    Ahora bien, la gran oportunidad que nos ha brindado este “best-seller” es que ahora es muy fácil hablar de la fe hasta tomándose un aperitivo, en una cena o en una fiesta Es un buen momento para refrescar lo que aprendimos de nuestros padres, en el colegio, en las clases de historia y de arte, antes de recibir los sacramentos de la comunión o de la confirmación. O es que... ¿es poco lo que hemos aprendido?. Muchos deberíamos ser capaces de autoresponder muchas preguntas: ¿Quiénes son los sinópticos?, ¿cúando se escribieron los evangelios?, ¿cuáles son los fundamentos históricos de la existencia verdadera de Jesucristo?, ¿quién fue María Magdalena?, ¿cúales son los escritos del Qumran y qué contienen?. Son múltiples las preguntas que debemos ser capaces de responder o en las que nos podemos poner al día sin gran esfuerzo. A mí, personalmente, me ha ayudado el cuestionario sobre la figura de Jesucristo y sobre la Iglesia que se puede descargar en la página web del Opus Dei (www.opusdei.es).

     

     

    Con el “Código Da Vinci la Iglesia no pierde seguidores y el cine no gana entusiastas. Los que dudaban, tienen una buena ocasión para informarse y los que no saben nada sobre Jesucristo y la Iglesia, se van desgraciadamente más vacíos que nadie. Un desafío para todos, especialmente para los padres y para los profesores de enseñanza secundaria y universitarios.

     

  • El balón es redondo

    Soy de aquellos que para el fútbol soy un inútil. Una vez pité como árbitro un partido juvenil en Alemania y casi me linchan. Más bien sería partidario de que dieran a cada jugador una pelota para que esté contento. Cuando era un chico jóven, mi padre me llevó un par de veces al antiguo Lluís Sitjar, siguiendo la tradición que tenía a su vez mi abuelo con su hijo. Las tardes del domingo estaban por entonces enmarcadas con algún partido en la televisión (ahora tenemos fútbol todos los días) o con la transmisión en la radio del coche de los resultados de la jornada. Todo eso no me sirvió de mucho y siempre digo que no ser aficionado de ningún deporte televisivo me ahorra mucho tiempo. Algo cambia cuando llega el mundial. Es dificil permanecer ajeno al evento.

     

    Las autopistas alemanas están llenas de letreros, curiosamente en inglés, para que lo entienda todo el mundo, especialmente los hooligangs: A time to make friends (la hora de entrelazar amistades). El fútbol, en efecto, es un hecho cultural de gran relevancia: puede dividir pero también puede unir. Cuando Alemania ganó el Mundial en 1990 siendo capitán Beckenbauer recuerdo la plaza mayor de Aquisgrán llena de banderas alemanas como no había visto en toda mi larga estancia en este país. La reunificación alemana estaba recién estrenada. Fue uno de los momentos en los que los alemanes no escondieron su bandera. Tienen derecho a no esconderla. Todavía, por motivos históricos obviamente, les cuesta ser patriotas, lo cual no es lo mismo que ser ñoñamente nacionalista. Ser patriota es algo muy legítimo y tiene como característica especial el preciarse también de los hitos y de los avances de otros países.

    Este mundial me recuerda de un modo especial la lograda película de Sönke Wortmann del año 2003 titulada Das Wunder von Bern (El milagro de Berna). Recuerda el evento histórico del mismo nombre. El 4 de julio de 1954 Alemania ganó en la final con Hungría el mundial en Suiza. Este triunfo inesperado es para muchos historiadores la cristalización del resurgir alemán después del decaimiento de la II Guerra Mundial. Se afirma que bien puede ser llamada la hora del nacimiento de la República Federal Alemana. El tercer gol de Helmut Rahn en el minuto 84 hizo levantar cabeza a todo el país. De ello da fiel testimonio el reportaje radiofónico de un modo especialmente emocionante. El entrenador Sepp Herberger se hizo legendario. Durante el entrenamiento ya había acuñado algunas frases sugerentes que se hicieron famosas, por ejemplo: el balón es redondo y el partido dura 90 minutos (aparentemente no había nada más que añadir) o antes del partido es después del partido (para aclarar que mucho depende del entrenamiento).

    Es de desear que el mundial 2006 tenga un resultado afortunado y ¡que gane el mejor!

  • Colonia

    Cuando a un mallorquín el destino, o mejor dicho la providencia, le sorprende con la aventura de abandonar „la isla de la calma“, comienza la búsqueda de la satisfacción de una necesidad vital. Me refiero al imperativo de ver, de vez en cuando, el mar o, por lo menos, oir el ruido del agua corriente. Ver el mar, echar una mirada al horizonte, remansa el alma. Hace reflexionar, nos permite ver que somos seres limitados y nos descansa.
     
    Vivo ya 22 años en Alemania y después de pasar 18 años en Aquisgrán, sin ver el mar, puedo por lo menos ahora en Colonia ver el rio Rin y ya el resonar de la corriente de agua me hace recordar algo connatural al que ha nacido en una isla, al que ha tenido contacto casi diario con el mar. Por lo menos uno ve barcos, aunque los navíos fluviales, bien distintos son de los marítimos.
     
    El Rin marca uno de los límites del imperio romano. Colonia, mejor dicho Colonia Claudia Ara Agrippinensium es una fundación romana del año 15. La huella romana en la ciudad se nota aún hoy en el carácter de los colonienses y en general en el de los habitantes de la cuenca del Rin. Son otro tipo de alemán, que poco tiene que ver con el mítico caracter prusiano. Colonia es lo más parecido a Roma que tenemos en Alemania. La prueba fue que durante la Jornada Mundial de la Juventud del 2005, los anuncios de los tranvías se daban también en italiano.
     
    La Catedral de Colonia es un edificio impresionante y de visita obligatoria en la ciudad. La prueba de fuego es subir los 600 escalones de una de la torres para contemplar la fabulosa panorámica. Desde ahí se ven las otras 12 iglesias románicas, cada una digna de ser visitada, que coronan la ciudad. Inimaginable que Colonia tuviese unas 300 iglesias en la época del asalto napoleónico, que causó escaramuzas en la ciudad. Cuando uno ve imágenes de la Catedral rodeada de ruinas, una ciudad al raso, son muy patentes las sequelas que produjo la segunda Guerra Mundial. Un episodio, que si bien el país ha superado, sigue siendo una cicatriz viva que marca el futuro de una nueva generación de amante de la paz.
     
    Quizás la primera vez que oí „Colonia“ fue cuando me enteré de que mi madre me ponía este agua bien oliente en los cabellos. Y en efecto, „el primer perfume elaborado con fines comerciales data del siglo XIV, y se conoció en aquel entonces como „Agua admirable“, nombre que le dió su creador, el químico y comerciante italiano Juan María Farina, quien en 1709 se estableció en Colonia“. Así dice lo que cito de Wikipedia.
     
    En conclusión, se puede decir que Colonia bien vale un viaje y como su aeropuerto está muy transitado por turistas que van a Mallorca, no estaría mal aumentar el número de turistas mallorquines que vengan a Colonia,  por eso que dicen sobre el facilitar la integración.

  • Cuando no queda nadie, solo queda la familia

    Después del éxito editorial de 2004 de Frank Schirrmacher con “La conspiración de Matusalén” (más de 700.000 ejemplares vendidos), un libro que abre los ojos al lector frente al envejecimiento de las sociedades occidentales, aparece su última obra: “Minimum”. Schirrmacher, co-editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, explica de un modo muy gráfico que en las situaciones de crisis con peligro de vida (incendios, inundaciones, etc) existe -de un modo comprobado- una mayor probabilidad de que se salven antes los miembros de una familia, que aquellos que pretendían salvarse de un modo independiente y atónomo. De hecho si “en el tanscurso de un decenio el deseo de tener hijos desciende en los varones un 15% y en las mujeres un 5%, está descendiendo la economía moral, el recurso del altruismo. Esto suena a moralina pero fácilmente se puede traducir en cifras o en fórmulas de reciprocidad, pues los que sufrirán son los que más tarde serán independientes en su vejez y los que precisarán de ayuda sin poder ser capaces de comprar esa asistencia. La preocupación por el acoso a la familia y la disminución de la población no son, como muchas veces se afirma, la ansiedad conservadora por una familia intacta”. No sorprende que exista una correlación entre el número de hijos y el hecho de si una mujer es una asidua a las telenovelas (una palabra que ha sido incorporada al alemán) o a los “culebrones”. En Alemania existe una conciencia cada vez más elevada de que los programas de televisión, al presentar continuamente situaciones patológicas de la familia, han influido trágicamente en su percepción y en la idea, entre los jóvenes, de que se puede ser feliz sin tener familia: “Un estudio del año 2005 del Instituto Adolf Grimme constata que en los guiones de las películas un 56,1 % de las mujeres ¡no tienen hijos!. El 11,3 % de las mujeres y 8,3 % de los varones tienen un hijo. Dos hijos tienen un 6,8 % de las mujeres y un 4,8 % de los varones. Solo un 3,3 % de los varones y un 3,1 % de las mujeres tienen más de dos hijos. Y en el 25% de los protagonistas es difícil identificar si tienen o no tienen un hijo”. Schirrmacher hace ver “que se trata de mucho más que de la crisis del estado de bienestar y no de formas de vida o de cuestiones de poder sino que se trata mas bien del origen del capital social que permitirá estas formas de vida. A la hora de formar una familia o de la procreación, se trata, ni más ni menos, también de un proceso sociológico que está determinado, de un modo más profundo de lo que pensamos, por un componente biológico. Por eso, no estaría nada mal, echar un vistazo a la naturaleza para ver lo que nos espera”. La conclusión de Schirrmacher no se hace esperar: “Que el no querer tener hijos varones esté de moda no es la noticia sorprendente, sino que existe un nuevo interés por tener hijas. Los hijos son soportes importantes de la familia como proveedores del sustento. A pesar de la tendecia a ser afeminados, su herencia evolutiva les hace poco capaces para la asistencia familiar. Los varones no pueden, por tanto, lo que últimamente pueden las mujeres: lo pueden todo. Las hijas puede tener competencia social, pueden ser compasivas y pueden generar el sostenimiento. Por este aumento de posibilidades, la hijas, por primera vez en la historia de la sociedad moderna, podrán ejercer las funciones universales de ambos sexos”. Y no se queda aquí: “Quizá pensarán que esta tesis es exagerada o quizá no. Lo decisivo es que la dismunición de los recursos del parentesco por un lado y el crecimiento de la proporción de las mujeres en la sociedad por otro, asigna a las mujeres el papel de conservadoras de la red social. Las mujeres no son, para expresar una trivialidad, mejores hombres. Pero estas abuelas, madres e hijas decidirán si nuestra sociedad volverá a renacer”. “No podemos hacer girar el reloj hacia atrás. Hasta la mitad del siglo XXI habrá, según el pronóstico humano, cada vez menos niños y una distribución cada vez más marcada de familias clásicas o de las no-familias. Alemania tiene actualmente, de todos los países europeos, la concentración más elevada de nacimientos: el 26 % de la las mujeres nacidas en 1960 dieron a luz a la mitad de los niños nacidos de mujeres de ese mismo año”. Schirrmacher afirma al final de su libro con optimismo que “la verdadera herencia que podemos entregar es el discernimiento de que lo que las familias hacen por cada uno de sus miembros, lo hacen para todos. Hay roles que uno no puede escojer sino que nos escojen. Esto nos da esperanza. Si los niños profundizan lo que experimentan, tienen la increíble posibilidad de entregar una nueva herencia. Nuestra fe en la total disponiblilidad de todos los roles, estilos y del tiempo, nuestra convicción silenciosamente asumida por la televisión de que el destino es un programa libremente escogido por el hombre, nos ha hecho olvidar de que estamos jugando con fuerzas elementales”.

  • Benedicto XVI en los medios de comunicación

    Es una muy feliz coincidencia que precisamente el próximo 16 de abril, domingo de Pascua, en el que tiene lugar la tradicional bendición papal Urbi et Orbi desde la Loggia de San Pedro, Benedicto XVI vaya a cumplir 79 años. Espero con ilusión el Happy Birthday o el Hoch soll er leben. Supongo que ese día el Santo Padre preferiría pasarlo totalmente desapercibido, pero no tendrá más remedio que dejar que lo celebren todos los católicos de mundo.
     
    Peter Seewald, autor de los libros-entrevista con el Cardenal Ratzinger Sal de la Tierra y Dios y el mundo”, que han sido editados en repetidas ocasiones y vendidos en docenas de lenguas, ofreció en diciembre un nuevo libro biográfico titulado Benedikt XVI, que será publicado próximamente en castellano por Ediciones Palabra y que no tiene desperdicio. El autor ofrece no sólo una visión complementaria a la autobiografía de Ratzinger Mi vida”, sino que la pone en el contexto de Alemania y también en el contexto de su propia conversión. Como anticipo ofrezco una muestra, traducida del alemán, que es digna de una clase magistral de una facultad de periodismo:
     
    “El auténtico problema era la presión de la opinión publicada. Nadie quedaba libre de ella. Nosotros, los profesionales de los medios, habíamos levantado con pasión un muro de dogmas seculares, qué hay que pensar, hacer y vestirse... para después caer de rodillas delante de Él. Hoy en día está comenzando a cambiar el paradigma ideológico. La ideología de mi generación, que durante cuatro décadas había fomentado el cambio de la sociedad y marcaba el clima de la opinión, ha perdido su fuerza creadora. Sin embargo hasta entonces, en los medios de comunicación, se había solidificado una especie de letanía posmoderna, que ponía bajo sospecha todo lo que tenía que ver con la fe. Para precisarlo más: lo que tenía que ver con la fe cristiana”.
     
    “Especialmente severo era el juicio sobre la Iglesia católica. Estaba prohibido, so pena de extremo desprecio, ver algo bueno en ella. Era un poco como en la zona soviética: por un lado, se seguía presentando a la Iglesia como un enemigo poderoso y peligroso que había que combatir; por otro lado, se propagaba la imagen de una sociedad que satisfactoriamente se había liberado de ese residuo de tiempos tenebrosos. Con excepción de, quizá, las Navidades, por aquello del sentimiento y de los regalos. Quien se atrevía a confesarse cristiano tenía la sensación de pertenecer a una sociedad ya prohibida. En cualquier caso no estaba bien”.
     
    “Lo extraño es que en Alemania, las dos iglesias populares seguían contando con más de 51 millones de miembros, cuando entonces la población ascendía a 61 millones de personas; no  precisamente un grupo marginal. Podían abandonar la Iglesia. Ayer, hoy, mañana. Pero no lo hacían por alguna razón. Otro fenómeno: a pesar del hecho de que más del 80% de los alemanes pertenecían a las iglesias, éstas no conseguían romper, en ningún punto, el dominio de los creadores de opinión, que consideraban la fe cristiana como un error. Lo que me parecía interesante es que, en un sistema democrático, un puñado de críticos que hacían mucho ruido en los medios fueran suficientes para ejercer el dominio de la opinión sobre los millones de una comunidad de fe”.
     
    “Si quería ser sincero, después de aparecer el artículo (sobre Ratzinger) tenía remordimientos de conciencia: no estaba bien echar en cara a alguien, a quien apenas se conocía, que tenía un corazón de piedra. Había comparado al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe con un «palo de cuasia», «seco y frío, como si fuera una máscara», del mismo modo como el escritor alemán Stefan Andres describió al Gran Inquisidor español De Guevara: «No participa del amor. Su cuerpo sólo existe para llevar la cabeza y la púrpura». Más tarde, siempre que viajaba a Roma visitaba la tumba de Andres en el Campo Santo, justo al lado de la Catedral de San Pedro. Es uno de los lugares más tranquilos e idílicos de la urbe. Sin confesarlo me avergonzaba de haber hecho mal uso de su cita”.
     
    “Sin embargo, venía como anillo al dedo; cuando más cáustica y negativa sea una cita, con tanta más avidez la asumen los periodistas. Sobre todo en Alemania estamos ávidos de encontrar situaciones de crisis, de descubrir una tendencia descendente o de hurgar en heridas abiertas. Es una especie de gusto por el hundimiento, por la destrucción, que se había convertido en cultura o, mejor dicho, en anti-cultura. Por lo que se refiere a Ratzinger, como ya dije, había visto en suficientes ocasiones cómo se elegían las fotografías en la redacción. Era completamente normal vitorear a Fidel Castro, en cuyo país los críticos, todos, terminan en una celda. Respecto de Ratzinger, los parámetros eran otros: de las 30 fotos extendidas sobre la mesa, 5 se elegían y 25 malas se desechaban; bueno, las malas eran precisamente las buenas: éstas se excluían porque en ellas Ratzinger aparecía bien riéndose o bien con un gesto demasiado amistoso para un gran inquisidor. De este modo se explica, por otro lado, cómo surgió inmediatamente después de la elección del Papa una imagen completamente nueva de Ratzinger: en las redacciones se modificaron los criterios para elegir sus fotos”.
     

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  • La cultura de la libertad

    A Udo Di Fabio, magistrado del Tribunal Constitucional alemán que ha sido galardonado con el premio ”Reformador del año” el pasado 29 de noviembre por el Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung y es autor del libro “Die Kultur der Freiheit” (La cultura de la libertad), le preocupa la libertad del individuo en un estado cada vez más regularizado y cada día más afectado por normativas europeas que parecen ahogar dicha libertad. Cuanto menos responsable es el individuo y cuanta menos entidad moral posea, tanto más regula el estado. Sin darnos cuenta vamos perdiendo los derechos que emanan de la libertad a costa de un entramado de leyes cada vez más complejo y cada vez más dificil de delimitar, dando pie a una burocracia sofocante.
     
    Ahora bien, también corremos el peligro de errar en la noción de la libertad en un contexto cada día más individualista. La libertad, según Di Fabio, es más que la posibilidad de escoger. Existe también una libertad que llega a su plenitud al adquirir un compromiso. El juez, conocedor de las vicisitudes de la vida por ser padre de cuatro hijos, afirma que “occidente se encuentra en peligro porque existe una idea errónea de la libertad que conlleva la destrucción del sentido común”.
     
    Esta opinión va en la línea de los libros escritos últimamente por intelectuales alemanes con ideas innovadoras como “Generation Reform” (Generación Reforma), de Paul Nolte y “Der Staat - eine Erneuerungsaufgabe” (El estado y su tarea renovadora), de Paul Kirchhof. El libro de Di Fabio hace un recorrido de la filosofía del estado desde sus orígenes hasta nuestros días. La revolución francesa proclamó la base del estado moderno: libertad, igualdad y fraternidad. El autor se pregunta qué premisa es más fuerte como fundamento del estado, la libertad o la igualdad. ¿De dónde proviene la igualdad?. ¿En qué casos supera la fraternidad los limites de la libertad?. Estas preguntas no dejan de tener relevancia si consideramos, por ejemplo, los retos éticos que plantea la eutanasia.
     
    El juez alemán pone al descubierto algunas contradicciones de una Europa que es capaz del “olvido del futuro que se genera a través del prescindir de nuestros propios hijos” o también cómo es posible que sólo empecemos  “a valorar nuestra propia cultura sólo ante lo que nos es extraño”. Así ocurrió en Holanda, en octubre de 2004, cuando fue reclamada mayoritariamente una mayor protección legislativa de las religiones ante la calumnia, ya que un artista aparentemente se atrevió a ridiculizar al islam en sus obras de arte, episodio que además acabó en un crimen. “Ya nos hemos acostumbrado al desprecio de la religión cristiana, a la ridiulización del Papa, al insulto a la familia y a manchar las insignias nacionales y lo llamamos progreso”, escribe Di Fabio y se pregunta qué interés podrá tener un emigrante en integrarse en una cultura que se autodestruye, que “reniega de sus valores morales y que su oferta para dar un sentido a la vida parece que se agota en estar permanentemente de viaje, en alargar artificialmente la vida y en el consumo”.
     
    El autor dedica una parte extensa del libro a defender a la familia tradicional como fundamento de la sociedad, ya que “una sociedad desacostumbrada a los hijos está condenada irreversiblemente a perder su vitalidad”. No es poco frecuente oir por ejemplo que a una familia con niños se le diga que no puede firmar un contrato de alquiler simplemente por el hecho de tener niños (¡que por ley natural hacen ruido!). El prestigioso magistrado del Tribunal Constitucional reclama concretamente que el proyecto de ley sobre la antidiscriminación que se prepara en Alemania no deje de contemplar los casos de la discriminación de la familia, hasta ahora totalmente omisos en este texto legal.
     

  • El papel del varón en el descenso de la natalidad en Alemania

    Según datos publicados recientemente, el 61 % de las madres que dieron a luz en España en el año 2003 tenían más de 30 años. Este indicador revela el progresivo retraso de la maternidad, si se tiene en cuenta que en 1990 este porcentaje era sólo del 36 %. También aumenta el número de madres primerizas mayores de 30 años, que en 2003 representaron casi la mitad (el 49 % del total).

     ¿Y qué indicadores de natalidad hay en Alemania?. El ministerio de la Familia en Alemania ha promovido una serie de estudios para investigar, por contraste, cuál es la situación de la paternidad masculina. Según un estudio del Instituto Federal de Investigación Demográfica, el número de hijos deseados por los varones alemanes menores de 35 años es 1,31 hijos. Esto corresponde, de modo asombroso, a la actual tasa de natalidad en Alemania (en el caso de las mujeres, el número deseado de hijos es 1,74).

     Otro aspecto relevante es el escaso porcentaje de varones alemanes que solicitan la baja laboral temporal por razones de paternidad. El periodo de baja del trabajo por tener un hijo, al que desde 2001 tienen derecho igualmente tanto el padre como la madre, apenas es reclamado por el varón. Sólo en el 4,9 % de los casos es el padre el que solicita la baja.

    Según una encuesta del instituto demoscópico Allensbach, el 82% de los varones no quieren interrumpir su profesión, ya que las pérdidas económicas para la familia son mayores si el varón permanece en casa y, además, el 74% de los varones piensan que tendrían desventajas profesionales si acceden a una interrupción para ocuparse totalmente o parcialmente de la educación de los hijos. Tan sólo en el caso de que el Estado restituyese el 67% del salario neto (y como máximo con 1.800 euros mensuales) durante el periodo en el que el padre o la madre se dediquen a la atención de los hijos, el 48% de los jóvenes profesionales varones accederían a interrumpir su trabajo para dedicarse al cuidado del hijo (el 33% durante un año y el 15% durante unos meses).

    Parémonos a pensar. Resulta que el problema demográfico ya no es un problema individual de si se está dispuesto o dispuesta, o no, a tener hijos, de si apetece o no apetece... sino que un país tan desarollado como Alemania no sabe qué hacer para ver de dónde salen los niños, que son necesarios para asegurar el futuro del país. Queda bien claro que no es un problema sólo del hombre, o sólo de la mujer: es un reto para los dos. Se trata de una opción vital de mucha trascendencia individual y colectiva. Y se tiene que decidir en el marco de una sociedad cada vez más hedonista que fomenta una vida cómoda en la que no falte de nada, por lo que la tendencia al mínimo esfuerzo está muy acentuada y no deja de causar estragos. No me olvidaré de un matrimonio amigo que participó en un curso de preparación matrimonial al que asistieron bastantes parejas y que al ser preguntados qué dos palabras relacionaban más con el matrimonio unos dijeron “amor”, otros decían “felicidad”, otros “cariño”, otros “placer” y ellos afirmaron para el asombro de todos: “sacrificio y fecundidad”.

    La columnista del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Sandra Kegel, ha descrito este fenómeno en su reciente artículo  “el hombre inseguro” del pasado 9 de septiembre. Kegel dice: “Como consecuencia de la emancipación de la mujer, el papel del varón dejó de ser primordial. La consecuencia es la inseguridad y la búsqueda de una nuevo rol para el varón que manifiesta hasta ahora consecuencias trágicas como, por ejemplo, coches demasiado caros o viajes de aventura al polo sur. Los hombres, afirman los psicólogos, con frecuencia están desorientados. No saben lo que significa ser hombre ni lo que significa, por lo tanto, ser padre. El ser padre ya no depende del azar sino que requiere una decisión. Por ello, todo se presenta de repente en la balanza: el fundamento económico, la relación mutua del matrimonio, los deseos y las perspectivas que van unidas a los hijos, o sin ellos, etc. Algunos hombres esperan, paradójicamente, que el destino les libere del peso de la decisión. A una gran mayoría de los varones sin hijos les pesan las nuevas libertades de nuestra sociedad multiopcional en la que los hijos ya no son algo obvio”.

    El mayor cambio de mentalidad se debe dar, en un futuro muy próximo, en los varones y no tanto en las mujeres. El marido de estilo dominante, que hasta ahora se consideraba como el “rey de la casa”, es una especie en extinción porque cada vez hay menos mujeres dispuestas a aceptar un marido con ese perfil. Los maridos y los padres dispuestos a co-responsabilizarse seriamente en la educación de sus hijos son los que forman parte de una nueva generación decidida a exigir al Estado y a las empresas la compatibilidad de la familia y el trabajo.

    La mujer está superando ese feminismo primitivo que únicamente consitía en compararse y definirse según las metas del varón. Ya son muchas las mujeres que son muy conscientes de lo verdaderamente femenino, que en nada está reñido y es absolutamente compatible con la maternidad y también con el ejercicio de un ideal profesional elevado. Cuando el hombre y la mujer se vayan entendiendo y comprendiendo mutuamente como individuos que comparten un proyecto común, ya sea en el matrimonio, en la familia, en la empresa y como miembros de una nación... será posible superar la plaga moderna del descenso de la natalidad.

  • La nueva línea del conflicto social

    Alemania se dispone a afrontar, mediante una gran coalición entre democristianos y socialdemócratas, una política de indispensables reformas. Tras unos años de gran abundancia en los 80 y los 90, llega la hora de hacer recortes. En estas circunstancias resulta especialmente oportuno el libro del joven historiador alemán Paul Nolte, especialista en historia contemporánea de la Universidad Libre de Berlín, titulado la "La generación de la reforma. Más allá de la república bloqueada". Se trata de una serie de ensayos políticos que buscan presentar una nueva perspectiva que supere el actual pesimismo alemán. Es una apelación a la nueva generación para afrontar los retos del siglo XXI.

    Nolte cae en la cuenta de que ante la reducción radical del Estado del bienestar, la gran tarea de su generación es la de crear una sociedad civil: "Necesitamos una nueva sociedad en la que el individuo, hasta ahora sostenido por la comunidad, esté capacitado para cargar con responsabilidad y para llevar un estilo de vida autónomo". De este modo critica el desinterés de una sociedad multicultural y el paternalismo de la burocracia social.

    De un modo particular Nolte acentúa la necesidad de recuperar valores que se han ido perdiendo en la actual sociedad. Entre los elementos más importantes cita el redescubrimiento de la familia: "Queda claro que una sociedad atomizada, de individuos disueltos, no puede existir. No puede existir ni desde un punto de vista demográfico, ni puede existir a medio plazo desde un punto de vista financiero y sobre todo no puede existir desde un punto de vista moral".

    Nolte señala cinco puntos clave para el debate político del siglo XXI. Primero, los fundamentos religiosos de una sociedad post secular, pues ha quedado clara la importancia de lo religioso en el mundo moderno: "no solo en el proyecto antimoderno del fundamentalismo islámico, sino también en la modernidad misma, por ejemplo, con el movimiento por la democracia y por la sociedad civil de la Europa central (Polonia, República Democrática de Alemania) y en el debate crítico sobre los límites de las ciencias naturales".

    Según Nolte, no se han confirmado las tesis sobre la desaparición de la religión en la política, ni tampoco la secularización completa de la cultura. "Al mismo tiempo, muchas sociedades occidentales y de modo especial Alemania, se encuentran en una crisis profunda que va más allá de una crisis de la seguridad social y del federalismo. Se manifiesta como una crisis de las éticas, de las pautas y de las orientaciones de la vida social". El fenómeno, aparentemente universal, de la secularización, es más bien una excepción de la Europa occidental en un mundo que sige siendo influido por fuerzas religiosas múltiples.

    En segundo lugar, hay que superar la sociedad del yo, en la que "la responsabilidad por la vida de terceras personas –de familiares, de vecinos, de conciudadanos– se traspasa con facilidad al Estado". La modernización no conduce, como muchos han creido, a una forma de vida individualista. "La modernización favorece esas tendencias, pero moviliza también muchas fuerzas contrarias, ya que la sociedad moderna no puede sobrevivir sin una comunidad social y sin responsabilidad social".

    En virtud del principio de la subsidiariedad, "el Estado no debe hacerlo todo". Los individuos y las sociedades no deben esperar a que sea requerida su colaboración, sino que pueden tomar la iniciativa para plantear soluciones innovadoras. "Esto puede ocurrir en el campo de la política social o de la política económica, pero también en la política educativa y universitaria. Debe predominar una ética de la prudencia ante lo que la tecnología y la economía permiten hacer, de modo que se valore lo que es sensato y soportable para un proyecto de vida humano".

    Por último, en el mundo globalizado siguen siendo necesarios "espacios de identificación", lugares concretos "en los que la vida se desarrolla, a los que se unen los recuerdos, en los que se crean tradiciones, en los que crecen las lealtades y en los que se forja el futuro; llamémosle brevemente 'la patria'. La alternativa al romanticismo patriótico antiguo no es la dudosa desorientación de lugar de la globalización".

    Nolte reivindica la necesidad de repensar los programas de aquellos partidos políticos, hoy mayoritarios, que nacieron a causa de los conflictos sociales a finales del siglo XIX. Mientras que el partido socialdemócrata alemán (SPD) surgió del conflicto entre el capital y el trabajo propio de la sociedad industrial, hoy "se han creado nuevas líneas de separación: entre los asalariados y los pensionistas, entre los padres de familia y los solteros, entre la población autóctona y los emigrantes".

    Por su parte, los democristianos (CDU/CSU) no tienen una pauta claramente definida en los temas sociales, ni en política familiar, política educativa o política de la mujer.

    Editorial C.H. Beck. Múnich (2004). 256 págs. 12,90 €.

  • Una nueva Alemania resurge tras el paso de Benedicto XVI

    Las cifras hablan solas: 410.000 peregrinos acreditados, 800.000 participantes en la vigilia del sábado 20 de agosto, 1.100.000 participantes en la misa en el Campo de Maria el 21 de agosto, 8.263 periodistas acreditados, 40.000 artículos de prensa, 10.000 minutos de retransmisión televisiva. A pesar de todo, son muchos los datos que las estadísticas no consiguen captar. De hecho se puede decir que con la visita del Papa Benedicto Alemania, aunque no se note exteriormente, ya no es la misma: ha cambiado.

    Cada vez que me subo al tranvía echo de menos las caras alegres y los animados grupos de los jóvenes peregrinos. También echo de menos los cantos juveniles en torno una guitarra que oía, a cierta distancia, resonar en algún jardín cercano a mi despacho. Cuando entro en una de las doce iglesias románicas de las que se precia Colonia, me acuerdo haberlas visto absolutamente llenas con muchos jóvenes recogidos en profunda oración y adoración a Dios. Muchas familias han acogido peregrinos, se han entrelazado nuevas relaciones humanas, hemos visto el mundo en un pañuelo.

    La policía se ha quedado asombrada de no haber visto cristales rotos, ni consumo de alcohol ni de droga en el Campo de María. Ante el inminente Mundial de fútbol de 2006, para más de uno, la JMJ será un punto de referecencia de hasta dónde puede llegar la amabilidad de un comportamiento juvenil moderado. La población de Colonia, acostumbrada a las masas sólo durante la epoca de carnaval, ha soportado con mucha paciencia todas las alteraciones, sobre todo de tráfico, provocadas por la Jornada Mundial de la Juventud, pero todos están positivamente impactados por las caras de esos jóvenes que llenaban alegre y pacíficamente la ciudad.

    Nada más llegar a Colonia, al no besar el suelo alemán, nos dimos cuenta, una vez más, de que Benedicto XVI no es Juan Pablo II, ni tiene por qué serlo. Él mismo dijo en su despedida “El Señor me ha llamado a suceder al querido Pontífice Juan Pablo II, genial promotor de las jornadas mundiales de la juventud. He acogido con temor, pero también con gozo, esta herencia y doy gracias a Dios, que me ha dado esta oportunidad de vivir junto a tantos jóvenes esta nueva etapa de su peregrinación espiritual. En efecto, se puede decir que en estos días Alemania ha sido el centro del mundo católico. Los jóvenes de todos los continentes y culturas, estrechamente unidos con fe en torno a sus pastores y al Sucesor de Pedro, han hecho visible una Iglesia joven, que con imaginación y valentía puede esculpir el rostro de una humanidad más justa y solidaria”. Los jóvenes se han quedado muy satisfechos con el nuevo Santo Padre. No podía ser de otra manera. Una vez más se han confirmado las palabras de Juan Pablo II en su libro de 1994 “Cruzar el umbral de la esperanza” en el que escribió: “No es cierto que el Papa lleve a la juventud de un extremo del globo al otro (la próxima JMJ será en Sidney en 2008). Son ellos los que le conducen y aunque él se esté envejeciedo, le desafían a ser joven y no le permiten que olvide su experiencia ni su descubrimiento del período de la juventud y del gran significado que tiene para la vida de cada joven”.

    Especialmente llamativa ha sido la simpatía y la sintonía del Presidente de la República Federal, Horst Köhler, con el Benedicto XVI. Horst Köhler, aun siendo protestante, se dirigía a él con el título de “Santo Padre”, aunque el protocolo indica que el título oficial es “Su Santidad”. En su discurso de bienvenida dijo Köhler, entre otras muchas cosas, que la juvetud sólo puede ser orientada por aquellos que de por si estén ya orientados. Benedicto XVI le respondió, con un humor muy propio y muy fino, que no sabía que un hombre que proviene de las finanzas (Horst Köhler ha sido presidente del Banco Mundial) sepa tanto de filosofía y de teología. Poco le ha faltado a Horst Köhler para gritar en alto con los jóvenes: “¡Be-ne-de-tto!”. La bienvenida en Colonia el 18 de agosto no pudo ser más calurosa. Sobre mis hombros tenía yo a Franz, un chico de 3 años. Sus padres, que tenían otros dos hijos en brazos, querían que su hijo no olvidase esas imágenes de bienvenida al Papa, de modo que pudieran relacionar lo que vieron con sus propios ojos, con lo que verían más adelante en la televisión.

    En su discurso a la asamblea de obispos alemanes, Benedicto XVI dejó claramente marcado el camino para el futuro: Con esta luz podemos tener la valentía para afrontar con confianza las cuestiones más difíciles que se plantean hoy a la Iglesia. Como he dicho, por una parte, debemos aceptar la provocación de los jóvenes pero, por otra, a su vez, debemos educar a los jóvenes en la paciencia, sin la que no se puede lograr nada; debemos educarlos en el discernimiento, en un sano realismo, en la capacidad de tomar decisiones definitivas. Uno de los jefes de Estado que me visitó recientemente me dijo que su principal preocupación es la incapacidad generalizada de tomar decisiones definitivas por miedo a perder la propia libertad. En realidad, el hombre se hace libre cuando se vincula, cuando tiene raíces, porque entonces puede creer y madurar. Educar en la paciencia, en el discernimiento, en el realismo, pero sin falsas componendas, para no diluir el Evangelio. La experiencia de estos últimos veinte años nos ha enseñado que, en cierto modo, cada jornada mundial de la juventud es para el país donde tiene lugar un nuevo comienzo para la pastoral juvenil. La preparación del acontecimiento moviliza personas y recursos. Lo hemos visto precisamente aquí en Alemania: se ha llevado a cabo una auténtica movilización” que ha activado energías. Por último, la celebración misma conlleva un fuerte impulso de entusiasmo, que es preciso sostener y, por así decir, hacer definitivo”.

  • Alemania ante el reto de las elecciones

    En su discurso inagural ante el parlamento el pasado 1 de julio de 2004, el presidente de la República Federal Alemana, Horst Köhler, sorprendió a la nación con las siguentes palabras: “Señoras y señores, tengo la sensación de que en nuestra sociedad está teniendo lugar un renacimiento de la familia. Esto lo noto y me llena de esperanza. Sobre la familia y sobre los niños he leído hace poco una frase muy significativa: los hijos son la única relación irrevocable. Por eso se trata de que los padres tomen una conciencia nueva de su deber de educar y esto supone sobre todo ser un ejemplo. El envejecimiento de la nación nos plantea problemas muy graves, nuestro país no tiene futuro sin niños.

    El presidente alemán resaltó también que “los niños no son sólo un asunto de las madres sino un asunto de los padres... Necesitamos facilitar la fundación de una familia paralelamente a la formación y al ejercicio de la profesión. Apelo a la política, a la economía y a la administración: Ayuden a que las mujeres y los hombres puedan optar libremente por una carrera sin tener que decidir en contra de los hijos. Precisamos de más guarderías y de nuevos horarios de trabajo que faciliten la unión del hogar y de la profesión.

    Este catálogo de deseos es realmente impactante en un país con una tasa de natalidad de 1,3 hijos por cada matrimonio, en el que en 2010 la mitad de la población tendrá más de 50 años de edad y en el que un 40% de las mujeres de carrera universitaria no tienen hijos. Italia y España siguen esta tendencia a diez años de distancia y es de esperar que se manifiesten los mismos fenómenos con una crudeza aún mayor.

    Nos encontramos ante grandes cambios en Europa. Después del 11-S y del 11-M se terminó la era de la diversión, como ha escrito Peter Hahne. La Alemania jóven de 1968, la llamada generación del 68, que está ahora muy presente en el Gobierno alemán, pidió cuentas a sus padres por haber permitido el nacionalsocialismo. El resultado no fue del todo positivo, pues aprovecharon para romper también con todo tipo de tradiciones familiares de solidaridad muy arraigadas y proclamaron un permisivismo moral desenfrenado. Se proclamó una libertad sin responsabilidad.

    La Europa de 2020 se enfrenta al reto de superar una soledad hasta ahora desconocida. Alemania tiene la oportunidad de haber roto, aunque con 25 años de retraso, el tabú de la superpoblación. Alemania se encuentra en la situación de un vehículo que se está estrellando y que, por primer vez, quizá con motivo del discurso del presidente Köhler, activa por fin los frenos. Esta es la tragedia de uno de los países más ricos del mundo que se ha permitido durante demasiado tiempo el “lujode la pobreza más paradójica que existe: la pobreza de niños.

    La misión del futuro es tarea de todos. Con las próximas elecciones en septiembre se plantea ahora la necesidad de una serie de medidas que requieren de mucha valentía: reformas fiscales que premien a los matrimonios que optan por tener hijos (ya que es injusto que se equiparen fiscalmente familias sin hijos a las familias con hijos) o reformas en la educación que faciliten la pronta entrada en el mundo laboral (actualmente los universitarios alemanes comienzan a trabajar a los 26 años).

    Las empresas deberán considerar la conciliación de la vida laboral y familiar como un asunto propio y no como un asunto privado. Se precisa re-pensar el trabajo, de modo que se opte por zanjar el culto desmesurado a la presencia innecesaria en algunas oficinas en horas que se deben a la familia. Que las familias no tengan tiempo para educar redunda en un mercado laboral inmaduro, incapacitado, infantil, sin exigencia profesional y con una gran pobreza social y afectiva para resolver los problemas que el mundo laboral plantea. Ante una mano de obra barata procedente del Este y de Asia, los costes de personal se vuelven insostenibles para un país de bienestar altamente industrializado.

    Aún no es tarde, la política y los ciudadanos no se puede permitir el lujo de pasar del análisis a la parálisis. Los problemas planteados en estos momentos se agravan cuando se deja pasar el tiempo sin tomar medidas. Y son los ciudadanos mismos los que en la crisis actual de la clase política, llamémosla miopía política, ratificada por el “no“ a la constitición europea, deben pedir cuentas y aportar soluciones e ideas en favor de un futuro generacional solidario, especialmente en el campo de la política familiar, que es la base de toda política responsable.