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La Centralidad de la Persona en el Trabajo

Alfred Herrhausen, un alto directivo del Deutsche Bank escribió el libro “Denken, Ordnen und Gestalten” (Pensar, Ordenar y Configurar). Yo suelo decir que le falta un verbo: Meditar (otros dirán rezar), Pensar, Ordenar y Configurar. 

El que medita puede pensar bien, el que piensa puede ordenar y el que ordena puede configurar. Este es nuestro trabajo, que hecho así, puede llegar a ser una realidad transformante y transformadora.

Ahora que comienza el año y estamos llenos de buenos propósitos, quizá habremos caído en la cuenta de que no se trata, de trabajar más, sino de trabajar mejor. ¿Y cómo trabajamos mejor? Cuando nos damos cuenta que el trabajo es un acto de la persona (por mucha ”inteligencia artificial” que se nos venga encima). 

¿Y cuáles son los actos de la persona? La reflexión y la interrelación interpersonal, frutos de la inteligencia y de la voluntad. Por la tanto la pregunta que me puedo hacer es, ¿cuándo soy más persona en el trabajo? En tanto en cuanto soy consciente de en qué estoy trabajando y lo que eso significa, aquí y ahora, al ser mi trabajo fruto de la reflexión. Esto me lleva, por ejemplo, a intentar preparar todo mejor. Muchos dicen que la preparación (de una llamada, de una conversación, de un mail, de una presentación) es el 90% del éxito.

En tanto en cuanto soy mejor persona en el trabajo, ejerzo más virtudes y sobre todo tengo más compasión conmigo mismo (y por lo tanto menos ansiedad), con mis colegas y con mis clientes. La compasión va más allá de la empatía. Nos lleva incluso a veces a ejercer nuestro deber de corregir con delicadeza y elegancia. 

¿Cuántas virtudes practicamos cuando vivimos, por ejemplo, la colegialidad? La prudencia, la humildad, la laboriosidad, la docilidad, la amabilidad, el agradecimiento, la fortaleza, la templanza, la justicia, la paciencia, etc.

La relación interpersonal es un acto fundamental de la persona. En nuestro mundo tan impregnado por la técnica nos cuesta cada vez más relacionarnos y entablar una relación profunda y verdaderamente personal. Estos días he leído el reciente libro de David Brooks, conocido columnista del New York Times, “How to Know a Person – The Art of Seeing Others Deeply and Being Deeply Seen”. Este libro es una buena guia para el que quiera reflexionar sobre su arte de escuchar y conversar. Un asunto nada trivial. Vivimos en un entorno competitivo en el trabajo, en un entorno de estrés artificial y de estrés real, en un entorno en el que a veces no nos sentimos valorados o comprendidos, o incluso nos consideramos mal pagados. Estamos rodeados de sospechas y de suposiciones. Esto requiere crecimiento personal y profesional.

Parte de la reflexión sobre nuestro trabajo consiste en saber asignar prioridades al comenzar el día. 

Nos podemos preguntar, ¿qué conversación de feed back debo tener hoy y no retrasar más?, ¿quién necesita hoy mi consuelo o mi consejo?, ¿qué proyecto deseo diseñar o describir? Gran parte de la reflexión consiste en no dejarse llevar por lo inmediato, por los mil mensajes que nos llegan y gestionar bien nuestra comunicación.

“You have to work with intentionality” oía decir hace unos días a un coach. Es comprender el por qué y el para qué de nuestro trabajo. A la intención se une la rectitud de intención: trabajar por un motivo recto.

¿Cómo son los primeros diez minutos de mi trabajo? Esos son los minutos más preciosos del día, al sentarme en el escritorio y disponerme a trabajar. Consiste en pensar, ¿qué voy a hacer hoy?, ¿por qué y para qué? Muchas cosas dependen de un buen comienzo: el despegue de un avión, el comienzo de una regata, el comienzo de una carrera de coches. El comienzo es crucial. Pensemos por tanto antes de apretar al acelerador.

Cada vez más empresas incluyen en su Mission Statement que la persona está en el centro de su empresa. Eso implica entender la intencionalidad de nuestro trabajo (sea manual o intelectual) y entenderlo como un verdadero servicio: de departamento a departamento, de la empresa al cliente y de la empresa a la sociedad.

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