Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

Iglesia

  • Benedicto XVI ha marcado el límite

     

    BXVI.jpegRecibí la noticia de la renuncia de Benedicto XVI a través de un SMS de un amigo con absoluta incredulidad. Al leer el texto de la renuncia me conmoví y, poco a poco, me fui percatando de que vivimos un momento histórico. Me llama mucho la atención que esta renuncia -ante la que sólo cabe aceptarla con silencio, respeto y admiración- impacta a muchos que tienen la necesidad de hablar sobre alguien muy importante que ha cometido la osadía de aceptar sus limitaciones en una época sin límites: sin límites en la ciencia, sin límites en la pobreza, sin límites en la riqueza, sin límites a la agresión al comienzo y al fin la vida, sin límites en la soledad, sin límites en la comunicación inmediata y constante y sin límites en el egoísmo.

     

     

    Me parece coherente que una persona tan lúcida intelectualmente como Benedicto XVI decida retirarse después de 30 viajes en Italia y 24 viajes internacionales, muchos de ellos trasatlánticos. Benedicto XVI ha aceptado la realidad de su vida. ¡Qué difícil es eso! Basta observar a cualquier persona de 85 años que conozcamos para darnos cuenta de que el ritmo de vida de un Papa hoy en día exige unas fuerzas humanas casi incombustibles. A una persona con el sentido de la resposabilidad como Benedicto XVI le habrá costado infinitamente más resignar que aceptar su servicio en la Sede de Pedro. Me imagino las noches oscuras del alma que habrá pasado.

     

     

    Ante esta decisión mi respuesta es: ¡Gracias!, gracias por todo lo que hemos aprendido de él, gracias por su sonrisa en el calor de agosto de Madrid, gracias por sus tres libros sobre la persona central de su vida y de todo cristiano, Jesús de Nazaret. ¡Perdón!, perdón por mi falta de oración y solidaridad con el Papa. Para entender su agotamiento no solo físico sino psíquico, basta leer las dos cartas en las que manifiesta su sufrimiento. La primera, la del 10 de marzo de 2009, sobre la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefebre: "Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia... Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer a tiempo el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado que debían herirme con una hostilidad dispuesta al ataque".

     

     

    Otra carta, del 19 de marzo de 2010, dirigida a los obispos de Irlanda y a todo el mundo sobre los abusos a menores dice así: "Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros hermanos sacerdotes o religiosos. Los que sois sacerdotes habéis violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Además del inmenso daño causado a las víctimas, se ha hecho un daño enorme a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa".

     

     

    Y termino diciendo y rezando: "¡Ayúdale más!" ahora, en el momento en el que Benedicto, nunca mejor dicho, brillará por su ausencia.

     

  • Benedicto XVI apuesta en Baviera por el diálogo entre las culturas

    medium_Papst_in_Bayern.5.jpgNo resulta fácil analizar cúal ha sido el punto más culminante del reciente viaje del Papa Benedicto XVI a su patria, Baviera. La visita a Munich, ciudad de la que fue obispo y donde celebró una Eucaristía en el recinto ferial, la visita al Santuario Mariano de Altötting -en el que se dedicó intensamente a saludar personalmente a muchas personas llamativamente jóvenes que le estaban esperando-, la Misa a las afueras de Ratisbona o la clase magistral en la Universidad de esa misma ciudad, de la que Él fue catedrático durante 8 años. O el día familiar con su hermano Georg, en el que pudieron rezar en ante la tumba de sus padres y de su hermana. Todo ha ocurrido en un marco de una gran cordialidad, distensión y alegría. El Papa ha estado varios días en su tierra y todos lo han podido ver de cerca o a través de la gran cobertura realizada por los medios de comunicación. También ha sido asombroso para los alemanes la capacidad física demostrada por un Papa de 79 años. Y además, todo hay que decirlo, las condiciones meteorológicas no han podido ser mejores, lo que no es fácil en Alemania.

     

    En la Eucaristía del día 10 en Munich, en la que pude participar personalmente, el Papa señaló que “las poblaciones de África y de Asia admiran nuestras capacidades técnicas y nuestra ciencia pero, al mismo tiempo, se asustan frente a un tipo de razón que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre, considerando a ésta la forma más sublime de la razón, que hay que imponer también a sus culturas. La verdadera amenaza para su identidad no la ven en la fe cristiana, sino en el desprecio de Dios y en el cinismo de considerar a la falta de respeto por lo sagrado como un derecho de la libertad, convirtiendo la utilidad en criterio moral supremo para los futuros éxitos de la investigación”.

     

    “¡Este cinismo -exclamó- no es el tipo de tolerancia y de apertura cultural que esperan los pueblos y que deseamos todos! La tolerancia de la que tenemos necesidad urgente comprende el temor de Dios, el respeto de lo que para otros es sagrado. (...) Este sentido de respeto sólo puede ser regenerado en el mundo occidental si crece de nuevo la fe en Dios, si Dios está presente de nuevo en nosotros. Esta fe no la imponemos a nadie. (...) La fe solo se puede desarrollar en la libertad. Sin embargo, pedimos a los seres humanos que, en el ejercicio de su libertad, se abran a Dios, que lo busquen y lo escuchen”.

     

    Benedicto XVI aprovechó su clase magistral en la Universidad de Ratisbona para hablar del diálogo entre las culturas, término positivo en el que Él insiste en referencia al conocido y frecuentemente citado libro de Samuel Huntington “Clash of Civilizations”, escrito ahora hace diez años y que anticipó los conflictos actuales. La sensibilidad por el terrorismo islámico ha aumentado drásticamente en Alemania después del fallido intento de dos estudiantes libaneses, el pasado mes de julio, de colocar dos bombas en dos maletas en trenes de cercanías. Todo ello con la intención de que estallaran en la estación de Colonia. Los que vivimos en esa ciudad, como yo, no podemos imaginar aún el estrago que podría haber supuesto. El motivo que para ellos justificaba el intento, como alegaron tras su detención, fue que algunos medios de la prensa alemana habían publicado las caricaturas de Mahoma.

     

    Tras poner de relieve que “hay que reconocer sin reservas lo que es válido en el desarrollo moderno del espíritu”, el Papa dijo que también era necesario dominar las “amenazas que se derivan de las posibilidades del ser humano. Esto sólo es posible si razón y fe están unidas de un modo nuevo; si superamos la limitación de la razón a lo que es verificable en la experimentación, y abrimos a ella nuevamente toda su amplitud”.

     

    “Sólo de esta manera -añadió el Papa-, seremos capaces de un verdadero diálogo de las culturas y de las religiones -un diálogo del que tenemos una necesidad tan urgente-. En el mundo occidental domina la opinión de que sólo la razón positivista y las formas de filosofía que emergen de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo ven precisamente en esta exclusión de lo divino, en la universalidad de la razón, un ataque a sus convicciones más íntimas”.

     

    Benedicto XVI terminó subrayando que “occidente está amenazado desde hace mucho tiempo por esta aversión contra los interrogantes fundamentales de su razón y, de este modo, solamente puede sufrir un gran daño. La valentía de abrirse a la amplitud de la razón, y no el rechazo de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica, entra en el debate del tiempo presente”.

     

    Cabe esperar – y de hecho ya ha comenzado dos días tras el discurso – un nuevo debate cultural e intelectual en Alemania y en el mundo después de esta feliz visita que ha sido muy bien acogida por muchos sectores de la sociedad, también por parte de los cristianos protestantes a los que se les oye ya decir que están orgullosos de este Papa.

     

    La reacción por parte de algunos países islámicos – y sabiendo que el próximo viaje del Papa está previsto a Turquía (un país que intenta entrar en la Unión Europea) – refleja y demuestra precisamente lo que Benedicto XVI ha querido criticar: la falta de una verdadera cultura del diálogo. La sala de prensa del Vaticano ha declarado: "Desde luego, no era intención del Santo Padre llevar a cabo un estudio profundo sobre la jihad y sobre el pensamiento musulmán en ese sentido, y tanto menos ofender la sensibilidad de los creyentes musulmanes. Al contrario, en los discursos del Santo Padre aparece con claridad la advertencia, dirigida a la cultura occidental, de que se evite "el desprecio de Dios y el cinismo que considera la irrisión de lo sagrado un derecho de la libertad", la justa consideración de la dimensión religiosa es efectivamente una premisa esencial para un diálogo fructuoso con las grandes culturas y religiones del mundo. Por lo tanto, queda clara la voluntad del Santo Padre de cultivar una actitud de respeto y diálogo hacia las otras religiones y culturas, evidentemente también hacia el Islam".

     

    Este debate nos obliga a dialogar pacíficamente con conocimiento de causa entre los dialogantes. Benedicto XVI se sabe en la tradición de Benedicto XV, el Papa que intentó evitar la I Guerra Mundial. Así como Juan Pablo II se dirigió al comunismo, Benedicto XVI pone su atención en el ateísmo y en el diálogo para conseguir lo que él, en su entrevista televisiva del pasado 5 de agosto, ha llamado “polifonía de las culturas”.

  • Benedicto XVI en los medios de comunicación

    Es una muy feliz coincidencia que precisamente el próximo 16 de abril, domingo de Pascua, en el que tiene lugar la tradicional bendición papal Urbi et Orbi desde la Loggia de San Pedro, Benedicto XVI vaya a cumplir 79 años. Espero con ilusión el Happy Birthday o el Hoch soll er leben. Supongo que ese día el Santo Padre preferiría pasarlo totalmente desapercibido, pero no tendrá más remedio que dejar que lo celebren todos los católicos de mundo.
     
    Peter Seewald, autor de los libros-entrevista con el Cardenal Ratzinger Sal de la Tierra y Dios y el mundo”, que han sido editados en repetidas ocasiones y vendidos en docenas de lenguas, ofreció en diciembre un nuevo libro biográfico titulado Benedikt XVI, que será publicado próximamente en castellano por Ediciones Palabra y que no tiene desperdicio. El autor ofrece no sólo una visión complementaria a la autobiografía de Ratzinger Mi vida”, sino que la pone en el contexto de Alemania y también en el contexto de su propia conversión. Como anticipo ofrezco una muestra, traducida del alemán, que es digna de una clase magistral de una facultad de periodismo:
     
    “El auténtico problema era la presión de la opinión publicada. Nadie quedaba libre de ella. Nosotros, los profesionales de los medios, habíamos levantado con pasión un muro de dogmas seculares, qué hay que pensar, hacer y vestirse... para después caer de rodillas delante de Él. Hoy en día está comenzando a cambiar el paradigma ideológico. La ideología de mi generación, que durante cuatro décadas había fomentado el cambio de la sociedad y marcaba el clima de la opinión, ha perdido su fuerza creadora. Sin embargo hasta entonces, en los medios de comunicación, se había solidificado una especie de letanía posmoderna, que ponía bajo sospecha todo lo que tenía que ver con la fe. Para precisarlo más: lo que tenía que ver con la fe cristiana”.
     
    “Especialmente severo era el juicio sobre la Iglesia católica. Estaba prohibido, so pena de extremo desprecio, ver algo bueno en ella. Era un poco como en la zona soviética: por un lado, se seguía presentando a la Iglesia como un enemigo poderoso y peligroso que había que combatir; por otro lado, se propagaba la imagen de una sociedad que satisfactoriamente se había liberado de ese residuo de tiempos tenebrosos. Con excepción de, quizá, las Navidades, por aquello del sentimiento y de los regalos. Quien se atrevía a confesarse cristiano tenía la sensación de pertenecer a una sociedad ya prohibida. En cualquier caso no estaba bien”.
     
    “Lo extraño es que en Alemania, las dos iglesias populares seguían contando con más de 51 millones de miembros, cuando entonces la población ascendía a 61 millones de personas; no  precisamente un grupo marginal. Podían abandonar la Iglesia. Ayer, hoy, mañana. Pero no lo hacían por alguna razón. Otro fenómeno: a pesar del hecho de que más del 80% de los alemanes pertenecían a las iglesias, éstas no conseguían romper, en ningún punto, el dominio de los creadores de opinión, que consideraban la fe cristiana como un error. Lo que me parecía interesante es que, en un sistema democrático, un puñado de críticos que hacían mucho ruido en los medios fueran suficientes para ejercer el dominio de la opinión sobre los millones de una comunidad de fe”.
     
    “Si quería ser sincero, después de aparecer el artículo (sobre Ratzinger) tenía remordimientos de conciencia: no estaba bien echar en cara a alguien, a quien apenas se conocía, que tenía un corazón de piedra. Había comparado al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe con un «palo de cuasia», «seco y frío, como si fuera una máscara», del mismo modo como el escritor alemán Stefan Andres describió al Gran Inquisidor español De Guevara: «No participa del amor. Su cuerpo sólo existe para llevar la cabeza y la púrpura». Más tarde, siempre que viajaba a Roma visitaba la tumba de Andres en el Campo Santo, justo al lado de la Catedral de San Pedro. Es uno de los lugares más tranquilos e idílicos de la urbe. Sin confesarlo me avergonzaba de haber hecho mal uso de su cita”.
     
    “Sin embargo, venía como anillo al dedo; cuando más cáustica y negativa sea una cita, con tanta más avidez la asumen los periodistas. Sobre todo en Alemania estamos ávidos de encontrar situaciones de crisis, de descubrir una tendencia descendente o de hurgar en heridas abiertas. Es una especie de gusto por el hundimiento, por la destrucción, que se había convertido en cultura o, mejor dicho, en anti-cultura. Por lo que se refiere a Ratzinger, como ya dije, había visto en suficientes ocasiones cómo se elegían las fotografías en la redacción. Era completamente normal vitorear a Fidel Castro, en cuyo país los críticos, todos, terminan en una celda. Respecto de Ratzinger, los parámetros eran otros: de las 30 fotos extendidas sobre la mesa, 5 se elegían y 25 malas se desechaban; bueno, las malas eran precisamente las buenas: éstas se excluían porque en ellas Ratzinger aparecía bien riéndose o bien con un gesto demasiado amistoso para un gran inquisidor. De este modo se explica, por otro lado, cómo surgió inmediatamente después de la elección del Papa una imagen completamente nueva de Ratzinger: en las redacciones se modificaron los criterios para elegir sus fotos”.
     

    No hay comentarios que añadir.

  • Una nueva Alemania resurge tras el paso de Benedicto XVI

    Las cifras hablan solas: 410.000 peregrinos acreditados, 800.000 participantes en la vigilia del sábado 20 de agosto, 1.100.000 participantes en la misa en el Campo de Maria el 21 de agosto, 8.263 periodistas acreditados, 40.000 artículos de prensa, 10.000 minutos de retransmisión televisiva. A pesar de todo, son muchos los datos que las estadísticas no consiguen captar. De hecho se puede decir que con la visita del Papa Benedicto Alemania, aunque no se note exteriormente, ya no es la misma: ha cambiado.

    Cada vez que me subo al tranvía echo de menos las caras alegres y los animados grupos de los jóvenes peregrinos. También echo de menos los cantos juveniles en torno una guitarra que oía, a cierta distancia, resonar en algún jardín cercano a mi despacho. Cuando entro en una de las doce iglesias románicas de las que se precia Colonia, me acuerdo haberlas visto absolutamente llenas con muchos jóvenes recogidos en profunda oración y adoración a Dios. Muchas familias han acogido peregrinos, se han entrelazado nuevas relaciones humanas, hemos visto el mundo en un pañuelo.

    La policía se ha quedado asombrada de no haber visto cristales rotos, ni consumo de alcohol ni de droga en el Campo de María. Ante el inminente Mundial de fútbol de 2006, para más de uno, la JMJ será un punto de referecencia de hasta dónde puede llegar la amabilidad de un comportamiento juvenil moderado. La población de Colonia, acostumbrada a las masas sólo durante la epoca de carnaval, ha soportado con mucha paciencia todas las alteraciones, sobre todo de tráfico, provocadas por la Jornada Mundial de la Juventud, pero todos están positivamente impactados por las caras de esos jóvenes que llenaban alegre y pacíficamente la ciudad.

    Nada más llegar a Colonia, al no besar el suelo alemán, nos dimos cuenta, una vez más, de que Benedicto XVI no es Juan Pablo II, ni tiene por qué serlo. Él mismo dijo en su despedida “El Señor me ha llamado a suceder al querido Pontífice Juan Pablo II, genial promotor de las jornadas mundiales de la juventud. He acogido con temor, pero también con gozo, esta herencia y doy gracias a Dios, que me ha dado esta oportunidad de vivir junto a tantos jóvenes esta nueva etapa de su peregrinación espiritual. En efecto, se puede decir que en estos días Alemania ha sido el centro del mundo católico. Los jóvenes de todos los continentes y culturas, estrechamente unidos con fe en torno a sus pastores y al Sucesor de Pedro, han hecho visible una Iglesia joven, que con imaginación y valentía puede esculpir el rostro de una humanidad más justa y solidaria”. Los jóvenes se han quedado muy satisfechos con el nuevo Santo Padre. No podía ser de otra manera. Una vez más se han confirmado las palabras de Juan Pablo II en su libro de 1994 “Cruzar el umbral de la esperanza” en el que escribió: “No es cierto que el Papa lleve a la juventud de un extremo del globo al otro (la próxima JMJ será en Sidney en 2008). Son ellos los que le conducen y aunque él se esté envejeciedo, le desafían a ser joven y no le permiten que olvide su experiencia ni su descubrimiento del período de la juventud y del gran significado que tiene para la vida de cada joven”.

    Especialmente llamativa ha sido la simpatía y la sintonía del Presidente de la República Federal, Horst Köhler, con el Benedicto XVI. Horst Köhler, aun siendo protestante, se dirigía a él con el título de “Santo Padre”, aunque el protocolo indica que el título oficial es “Su Santidad”. En su discurso de bienvenida dijo Köhler, entre otras muchas cosas, que la juvetud sólo puede ser orientada por aquellos que de por si estén ya orientados. Benedicto XVI le respondió, con un humor muy propio y muy fino, que no sabía que un hombre que proviene de las finanzas (Horst Köhler ha sido presidente del Banco Mundial) sepa tanto de filosofía y de teología. Poco le ha faltado a Horst Köhler para gritar en alto con los jóvenes: “¡Be-ne-de-tto!”. La bienvenida en Colonia el 18 de agosto no pudo ser más calurosa. Sobre mis hombros tenía yo a Franz, un chico de 3 años. Sus padres, que tenían otros dos hijos en brazos, querían que su hijo no olvidase esas imágenes de bienvenida al Papa, de modo que pudieran relacionar lo que vieron con sus propios ojos, con lo que verían más adelante en la televisión.

    En su discurso a la asamblea de obispos alemanes, Benedicto XVI dejó claramente marcado el camino para el futuro: Con esta luz podemos tener la valentía para afrontar con confianza las cuestiones más difíciles que se plantean hoy a la Iglesia. Como he dicho, por una parte, debemos aceptar la provocación de los jóvenes pero, por otra, a su vez, debemos educar a los jóvenes en la paciencia, sin la que no se puede lograr nada; debemos educarlos en el discernimiento, en un sano realismo, en la capacidad de tomar decisiones definitivas. Uno de los jefes de Estado que me visitó recientemente me dijo que su principal preocupación es la incapacidad generalizada de tomar decisiones definitivas por miedo a perder la propia libertad. En realidad, el hombre se hace libre cuando se vincula, cuando tiene raíces, porque entonces puede creer y madurar. Educar en la paciencia, en el discernimiento, en el realismo, pero sin falsas componendas, para no diluir el Evangelio. La experiencia de estos últimos veinte años nos ha enseñado que, en cierto modo, cada jornada mundial de la juventud es para el país donde tiene lugar un nuevo comienzo para la pastoral juvenil. La preparación del acontecimiento moviliza personas y recursos. Lo hemos visto precisamente aquí en Alemania: se ha llevado a cabo una auténtica movilización” que ha activado energías. Por último, la celebración misma conlleva un fuerte impulso de entusiasmo, que es preciso sostener y, por así decir, hacer definitivo”.

  • Benedicto XVI, una ráfaga de luz en la historia alemana

    Hoy se cumplen exactamente sesenta años desde la capitulación de Alemania, que puso punto final a la II Guerra Mundial. Ni en la mejor película de ciencia ficción se hubiera imaginado en Alemania que tal día como hoy habría un Papa alemán. Así lo ha previsto el Guionista Divino. En la tarde del 19 de abril, al oir el nombre del cardenal Joseph Ratzinger y al verle aparecer en la balcón de San Pedro, a muchos alemanes se les cruzaron los cables. Fue una especie de cortocircuito de la historia: ¿será posible que la Iglesia haya perdonado nuestros crímenes de hace sesenta años?, pensaron algunos. Otros se acordaron de la reforma y de la contrareforma, de la guerra de los 30 años, de la ilustración alemana (Kant), del idealismo alemán (Hegel), del nihilismo (Nietzsche). Todavía están frescas en la memoria las dos guerras mundiales, el nacionalsocialismo y el comunismo alemán. Benedicto XVI supone un verdadero reto para el mundo intelectual del país. Y este debate tan urgente y necesario no ha hecho nada más que comenzar.

    Los que menos se esperaban esta noticia eran los propios alemanes: para muchos verdaderamente un Gaudium Magnum!. El matutino Bild de una tirada de 4 millones de ejemplares, que no es precisamente una hoja parroquial, abrió el 20 de abril con un titular sorprendente: Wir sind Papst! (¡Somos el Papa!). Por asociación nos acordábamos de aquel: Wir sind Weltmeister! (¡Somos campeones del mundo!) o de aquel Wir sind das Volk! (¡Somos el pueblo!, aquella aclamación de las manifestaciones de 1989 que culminaron en la caida del muro de Berlín). La revista Spiegel, que es todo menos un altavoz de la Iglesia, publicó el mismo 19 de abril en su edición de internet un artículo de Matthias Matussek en el que se leían manifestaciones hasta ahora inusitadas en este país y mucho más en esta revista:

    Con la elección del primer pontífice alemán después de casi quinientos años, los cardenales han marcado una señal. Han optado por la continuidad, por la fundamentación de los principios en contra del relativismo. Los alemanes son los primeros que deben escuchar este mensaje. El Espíritu Santo ha hecho una jugada maestra: escoger precisamente un Papa procedente de aquellos que están más necesitados de él: los alemanes. El drama de la modernidad empezó precisamente en Alemania y son los alemanes los que lo han llevado a su mayor perfección”.

    Aunque todo es aún muy reciente, cabe esperar que Benedicto XVI se convierta en una figura de identificación nacional para Alemania, como Juan Pablo II lo ha sido para Polonia. En Alemania no es aún políticamente correcto estar orgulloso de ser alemán. Es un meaculpismo que está muy anclado en las mentes, debido al genocidio. Para un católico alemán la nacionalidad del Santo Padre es secundario. Hubieran querido a un Papa de otro país, ahora bien, el que Benedicto XVI sea alemán es una gran ayuda para acogerle. Los libros del antiguo cardenal Ratzinger han sido reeditados en un par de días. Hay un enorme interés por leerlos y por entenderlos. Ningún alemán puede pasar por alto lo que dice el Papa y menos si lo dice en alemán. El que le critica sin haber leído nada de lo lo mucho que ha publicado se autodescalifica intelectualmente. De hecho, nos estamos haciendo a la idea de verle casi a diario en las noticias por un motivo o por otro. Vemos a un Papa que está dando muestras de una gran humildad personal que es embaucadora. Algunos medios se habían empeñado tanto en desprestigiarle y en encasillarle que su aceptación no ha podido ser mejor.

    Su lema Cooperatores Veritatis (cooperadores de la verdad) marca lo que cabe esperar de él. En un artículo publicado en junio de 2004 en la revista alemana Cicero dice Benedicto XVI: “El oeste sufre un extraño odio a sí mismo que sólo cabe calificar de patológico. Por una parte el oeste intenta de un modo loable estar abierto a otros valores, pero no se aguanta a sí mismo. Desde su propia historia ve lo que es rechazable y destructivo pero no está capacitado para ver lo que que es grande y limpio. Europa, para poder sobrevivir, precisa -humildemente y visto de un modo crítico- de una nueva autoestima. Una sociedad multicultural no puede existir sin el respeto a lo que es santo y eso supone acoger lo que es santo para los demás. Esto, sólo lo conseguiremos, si aquel que de por sí es santo – Dios – no nos resulta ajeno. Un Dios, que es tan humano, que se hizo hombre: un hombre que sufre y que, al sufrir con nosotros, da dignidad y esperanza al dolor”.

    En su libro “Verdad, valores, poder” nos insiste Benedicto XVI: “La identicicación de la conciencia con el conocimiento superficial y la reducción del hombre a la subjetividad no liberan, sino que esclavizan. Nos hace completamente dependientes de la opiniones dominantes y reducen día a día el nivel de las mismas opiniones dominantes. La conciencia se degrada a la condición de mecanismo exculpatorio en lugar de representar la transparencia del sujeto para reflejar lo divino, y, como consecuencia, se degrada también la dignidad y la grandeza del hombre. La reducción de la conciencia a la seguridad subjetiva significa la supresión de la verdad”.

    Benedicto XVI, como el nombre indica, supone una bendición para Alemania y para todo el mundo. Cabe esperar mucho de este pontificado y la verdad es que aquí se respira una gran alegría, y sorprendentemente también nuestros hermanos separados en la fé, pues el anhelo de la fé es más grande en cuanto más vacías están las iglesias. Para saciar este anhelo sólo hay un camino: la humildad de aceptar la propia verdad, la de cada una de nuestras vidas. Después de la euforia se ha dado paso a la lectura y a la reflexión a la que invitan los libros de Benedicto XVI. Además, los auspicios para la XX Jornada Mundial de Juventud en agosto en Colonia no pueden ser mejores: será un chispazo pacífico que prenderá fuego en los corazones de muchos jóvenes de todo el mundo. Será una Jornada Mundial de la Juventud con dos Papas: con Juan Pablo II desde el cielo y Benedicto XVI desde la tierra. Guionista Divino: ¡te has lucido!

  • La última visión de Juan Pablo II

    El Papa iba a proclamar en Colonia una nueva reevangelización

    Nadie duda en Colonia que en agosto el nuevo Papa vendrá a la Jornada Mundial de la Juventud. El cardenal arzobispo de Colonia, Joachim Meisner, ha escrito una carta pastoral que se publicó el 4 de abril con motivo de la marcha al cielo de Juan Pablo II en la que dice: “Nuestro fallecido Santo Padre había inivitado a la juventud del mundo a celebrar las XX Jornadas Mundiales de la Juventud en nuestra archidiócesis. Él y nosotros nos alegrábamos de su tercera visita aquí. Para el Papa no cabía duda de que vendría a Colonia a pesar de su enfermedad. En una audiencia habíamos hablado ya incluso sobre los temas de sus homilías. En enero de este año tuve una audiencia con él para informarle personalmente sobre la situación de los preparativos. El Santo Padre tenía una gran visión para la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia: una vez superadas las catástrofes de las dos guerras mundiales quería proclamar en el nuevo milenio una nueva evangelización que partiese precisamente desde el suelo alemán. Incluso me hizo acudir a la clínica Gemelli hace un mes aproximadamente para asegurarme de nuevo lo mucho que apreciaba la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia”.

    Este es un mensaje muy impactante, visto desde la perspectiva de la historia moderna de Alemania, de Europa y del mundo. Juan Pablo II no se cansaba de profundizar en las cuestiones fundamentales y precisas para entender el misterio del hombre y así lo quería hacer de nuevo en Colonia. Para conseguir ser entendido se valía de lugares llenos de contenido histórico. Así lo hizo ya ante la puerta de Brandenburgo el 23 de junio 1996 en Berlín, precisamente en el lugar que simboliza la encrucijada del nacionalsocialismo y del comunismo alemanes y también la frontera del este y del oeste. Fue allí donde dijo: “No existe la libertad sin la verdad. No existe la libertad sin la solidaridad. Nadie se puede dispensar de su responsabilidad personal a costa de la libertad. El hombre está llamado a la libertad”.

    La juventud del nuevo Papa le acogerá, no cabe duda, con mucho afecto. Colonia se dispone a celebrar una Jornada Mundial de la Juventud hasta ahora nunca vista. El nuevo Papa se encontrará el terreno bien dispuesto a recibir la semilla de su palabra, de su testimonio y de su servicio. La juventud del Papa acallará a los escépticos, a los pesimistas y a los que pretenden extingir los ideales de los jóvenes.

    Juan Pablo II creía de verdad en los jóvenes. No se cansaba de repetir que la juventud es la esperanza de la iglesia y de la sociedad. Por eso pienso que son precisamente los jóvenes los que tienen que acoger de una manera especialmente afectuosa al nuevo Papa y darle la bienvenida. Estoy convencido de que la entronización del nuevo Papa será nuevamente sorprendente. Los jóvenes nos hemos quedado huérfanos y estamos necesitados de un nuevo Papa que nos guie hacia el futuro.

    Cuando Juan Pablo II fue nombrado sucesor de Pedro yo tenía 12 años. Desde entonces he escuchado a Juan Pablo II en más de veinte ocasiones distintas en España, Bélgica, Alemania y Roma. No hablé nunca con él, pero lo que nos ha dicho y lo que nos ha dejado escrito es más que suficiente para considerar al Papa como mi amigo y como mi padre.

    Los medios de comunicación de todo el mundo se preguntan por qué fascina tanto Juan Pablo II a la juventud. La respuesta es fácil. Los jóvenes se sienten en lo más profundo de su ser entendidos y queridos por Juan Pablo II: en su conciencia. En su Carta a los Jóvenes del 21 de marzo de 1985 con motivo del Año Internacional de la Juventud nos escribía: “Hoy los principios de la moral cristiana matrimonial son presentados de un modo desfigurado en muchos ambientes. Se intenta imponer a ambientes y hasta a sociedades enteras un modelo que se autoproclama progresista y moderno. No se advierte entonces que este modelo de ser humano, y sobre todo quizá la mujer, es transformado de sujeto en objeto, y todo el gran contenido del amor es reducido a mero placer, el cual, aunque toque a ambas partes, no deja de ser egoísta en su esencia. Finalmente, el niño, que es fruto y encarnación nueva del amor de los dos, se convierte cada vez más en una añadidura fastidiosa. Si es necesario, sed decididos en ir contra la corriente de las opiniones que circulan y de los slogans propagandísticos. No tengáis miedo del amor, que presenta exigencias precisas al hombre. Estas exigencias (tal como las encontráis en la enseñanza constante de la Iglesia) son capaces de convertir vuestro amor en un amor verdadero”.

    Pero más que nada, la juventud valora los hechos. Juan Pablo II no ha esperado a la juventud, ha salido a su encuentro en multitud de ocasiones. No sólo habla del perdón sino que perdona desde el primer momento a su agresor, no sólo habla de la oración, sino que reza con los jóvenes del mundo entero, en directo, a través de la televisión. No sólo habla sobre el valor del sufrimiento sino que muestra sus limitaciones físicas. No sólo habla del respeto a la naturaleza, sino que además le vemos en la montaña. Y mientras tanto los mayores no tienen nada mejor que declarar que había llegado la hora de retirarse o que era exagerada su exigencia moral. Los jóvenes nos hemos sentido muy queridos por el Papa y se los hemos dicho: ¡Es-ta-es-la-ju-ventud-del-Papa!, gritábamos en Cuatro Vientos. Es una frase de doble sentido, pues también aclamábamos que el Papa es jóven, jóven de espíritu. A pesar de su edad, era uno de nosotros.

    Juan Pablo II nos ha marcado el programa para la Iglesia en el tercer milenio: la santidad. Surgirán nuevos frutos de santidad, si la familia sabe permanecer unida como auténtico santuario del amor y de la vida, nos decía el 4 de mayo de 2003 en la Plaza de Colón. Él es el patrón de los jóvenes y de los ancianos al mismo tiempo. Es algo paradójico. ¡Cúantos enfermos, ancianos y jóvenes han encontrado consuelo en su ejemplo estos días!, ¡Que experiencia tan extraordinara seguir el via crucis el Viernes Santo y ver cómo el Papa ve y escucha cómo los jóvenes rezan por él desde el Colíseo!.

    Son proféticas las palabras de su alocución del 29 de mayo de 1994. Después de estar cuatro semanas convaleciente en el hospital, dijo antes de rezar el ángelus (era el año en el que se celebraba la Conferencia Mundial de la ONU sobre la Población en El Cairo, en la que se intentó proclamar el aborto como derecho del hombre): Ya he entendido que debo introducir a la Iglesia de Cristo en el tercer milenio con la oración, con diversas iniciativas, pero veo que esto no basta: debía introducirla con el sufrimiento. Y ¿por qué ahora?, ¿por qué en este Año de la Familia? Precisamente porque la familia está amenazada. La familia está agredida y por esto, como hace 13 años, debe ser agredido el Papa, debe sufrir el Papa. Es un evangelio superior, es el evangelio del sufrimiento con el que se debe preparar el futuro del tercer milenio, de la familia y de todas las familias. Los jóvenes que hoy lamentamos la muerte de quien tanto hemos aprendido tenemos un futuro lleno de nuevas esperanzas con el nuevo Papa. Y allí estaremos todos, en Colonia, abriendo paso a una nueva evangelización.