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  • El humor lo puede (casi) todo

    Cada año, en el miércoles de la segunda semana de Cuaresma, Múnich celebra uno de esos rituales políticos que solo pueden existir en Alemania: el Nockherberg.
    El escenario es la histórica cervecería Paulaner am Nockherberg, donde se inaugura el tradicional Starkbierfest, la fiesta de la cerveza fuerte que los monjes paulinos elaboraban antiguamente para sobrellevar los días de ayuno. Pero la cerveza es casi una excusa. Lo verdaderamente esperado es otra cosa: la gran sátira política del año.

    La tradición se remonta al siglo XIX. Desde entonces, un orador —el famoso “Derblecker”— se encarga de repasar con humor a todos los políticos presentes. No es un espectáculo televisivo cualquiera: los protagonistas están sentados en las primeras filas escuchando las bromas que se hacen sobre ellos. Ríen, aplauden… y a veces aprietan un poco los dientes.

    Este año el ambiente era especialmente animado. El 8 de marzo se celebraron elecciones locales en Baviera y el contexto político añadía un punto de picante a la velada. Allí estaban el presidente de Baviera, Markus Söder -al que no le falta nada de autoestima-, ministros del Land, dirigentes de todos los partidos y líderes de la oposición y el alcalde de Múnich Dieter Reiter. Tampoco faltaba Friedrich Merz en el escenario, que intenta gobernar Alemania con una coalición algo “cogida por los pelos”, mientras el país afronta dificultades económicas internas y un escenario internacional cada vez más incierto.

    En el escenario, actores y humoristas interpretan caricaturas de los propios políticos. La gracia consiste en exagerar sus rasgos, sus gestos y sus debilidades. Todos saben que van a ser retratados sin indulgencia. Y sin embargo acuden cada año. Quizá porque entienden que esa crítica pública forma parte de una democracia madura.

    Lo que más me impresiona del Nockherberg es la agudeza del humor. No es un humor cruel ni sarcástico. Es incisivo, pero elegante. Se dicen cosas muy directas, pero de una forma que permite reír a todos, incluso a los aludidos.

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  • Votar con memoria: Múnich y la sombra de los Juegos Olímpicos

    Hace unos días participé en la convocatoria ciudadana de Múnich en la que se preguntaba a los ciudadanos si deseamos que la ciudad vuelva a presentarse como sede de unos futuros Juegos Olímpicos. No es una decisión menor. No lo es para Múnich, ni para Alemania, ni tampoco para Europa. Y desde luego no lo es para quienes, como yo, vivimos aquí desde hace años —en mi caso, desde 2014— y convivimos a diario con una ciudad que carga con una memoria olímpica tan brillante como trágica.

    Múnich no es la única ciudad alemana que aspira a albergar los Juegos. Berlín también está en la carrera, y probablemente otras ciudades europeas observarán con atención el resultado de estos procesos participativos. Pero en Múnich la pregunta tiene una densidad histórica especial. Aquí, votar no es solo decidir sobre infraestructuras, movilidad o proyección internacional. Es, inevitablemente, votar con memoria.

    Ese ejercicio de memoria se me hizo especialmente presente tras ver dos películas que, curiosamente, no conocía hasta ahora y que han acompañado este proceso de reflexión personal. La primera es Munich (2005), dirigida por Steven Spielberg, que reconstruye la operación de represalia del Mossad tras el asesinato de once atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de 1972. La segunda es September 5 (2024), una película mucho más reciente que se centra en la cobertura técnica y periodística de ABC Sports durante la crisis de los rehenes.

    Ambas miradas son complementarias. Spielberg se ocupa del “después”: de la cadena de decisiones, venganzas y dilemas morales que siguieron a la tragedia. September 5, en cambio, se sitúa en el “durante”, en el momento exacto en que la historia se rompe en directo ante millones de espectadores. Y es ahí donde aparece una pregunta ética que sigue siendo inquietantemente actual: ¿somos cómplices de los terroristas si estos están viendo en tiempo real lo que transmitimos?

    La Olimpiada de Múnich 1972 fue la primera en la que el evento se retransmitió en directo y de forma masiva por televisión. Lo que hasta entonces había sido un espectáculo deportivo se convirtió, de repente, en un acontecimiento global en tiempo real. La tecnología, que debía servir para unir al mundo en torno al deporte y la paz, se transformó también en un instrumento involuntario del terror. Esa tensión —entre información, espectáculo y responsabilidad— no ha dejado de acompañarnos desde entonces.

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  • Mamá, ¿debo congelar mis óvulos?

    “Mamá, ¿debo congelar mis óvulos?” La pregunta, que hace apenas una década sonaba extravagante, se ha vuelto sorprendentemente cotidiana. Cada vez más mujeres jóvenes —brillantes, formadas, profesionalmente exitosas— se plantean esta opción como una decisión casi estratégica: ganar tiempo.

    El contexto demográfico explica parte del fenómeno. En Alemania, la edad media del nacimiento del primer hijo se sitúa hoy en torno a los 30 o 31 años, con cifras algo más elevadas en grandes ciudades como Múnich. Al mismo tiempo, la edad media de la población alemana ronda ya los 44 o 45 años. Somos una sociedad que envejece. Y que retrasa.

    Muchas mujeres expresan una dificultad creciente para encontrar una pareja estable con la que fundar una familia. Algunos hablan incluso de una “huelga generacional” masculina: hombres prolongando la adolescencia, evitando compromisos definitivos. Ante esta incertidumbre, la tecnología aparece como solución: si el tiempo biológico apremia, lo congelamos.

    Hace unas semanas, una amiga compartía en su Instagram un auténtico “coming out”: había decidido congelar sus óvulos. Explicaba que así dispondría de más margen para escoger la pareja adecuada en el momento álgido de su carrera. El mensaje era claro: no renuncio a la maternidad, la pospongo. La técnica me permite mantener abiertas todas las opciones.

    Pero, ¿realmente las mantiene abiertas?, ¿O introduce una presión nueva y silenciosa? Porque congelar no elimina la decisión, simplemente la traslada al futuro. Y el futuro, cuando llega, rara vez es menos exigente. Además, el proceso de fecundación in vitro no es precisamente amable: es invasivo, físicamente exigente y no está exento de riesgos, entre ellos embarazos múltiples.

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