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Visto desde Alemania

  • Palma, ¿capital de la paz mediterránea?

    Pienso en Mallorca y, casi inevitablemente, pienso en el Mediterráneo. En el Mare Nostrum. No como una lámina azul que se contempla desde la terraza de un hotel, sino como una de las grandes encrucijadas de la historia: una frontera y, a la vez, un puente; un lugar de comercio, mestizaje y cultura, pero también de guerras, naufragios y heridas todavía abiertas.

    Hay ciudades cuyo nombre ha acabado unido a una conversación necesaria. Barcelona evoca una conferencia y un proceso de cooperación mediterránea; Múnich, la seguridad internacional; Davos —que ni siquiera es una ciudad, sino un pequeño pueblo alpino—, el encuentro anual de la economía y la política mundial. ¿Por qué Palma no podría asociarse también a una gran cita? ¿No cabría convocar cada año, en nuestro Palacio de Congresos, una Cumbre Mediterránea de la Paz?

    No se trataría de competir con nadie ni de inventar una diplomacia de cartón piedra. Hay precedentes serios que demuestran que la idea no es una quimera. En noviembre de 1995, la Conferencia Euromediterránea de Barcelona puso en marcha el llamado Proceso de Barcelona. Su ambición era tan sencilla de formular como difícil de realizar: convertir el Mediterráneo en un espacio común de paz, estabilidad y prosperidad, mediante el diálogo político y la cooperación económica, social y cultural.

    Aquel impulso fue continuado en 2008 por la Unión por el Mediterráneo, una organización que reúne a los Estados de la Unión Europea y a países de las riberas sur y oriental. Sus palabras clave siguen siendo cooperación, desarrollo, integración y estabilidad. No han bastado para resolver los conflictos que ensangrientan la región, pero han mantenido viva una evidencia que conviene no olvidar: los problemas mediterráneos no entienden de fronteras y no pueden resolverse desde una sola orilla.

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  • En Alemania los políticos dimiten

    Entre las muchas cosas que admiro de Alemania desde hace más de cuarenta años hay una que sigue produciéndome una mezcla de respeto y envidia: aaquí los políticos dimiten. No siempre, no todos y no por cualquier cosa, naturalmente. Alemania no es una república de santos. Pero existe una idea, todavía viva, de que el cargo no pertenece al político y de que la credibilidad pública puede valer más que la supervivencia personal.

    Hendrik Wüst es un buen ejemplo. Hoy es ministro-presidente de Renania del Norte-Westfalia, el Land más poblado del país, y figura entre los democristianos con mejores opciones para relevar algún día a Friedrich Merz. Pero su carrera no fue una línea recta. En 2010 dimitió como secretario general de la CDU regional por el escándalo de las aportaciones que daban acceso privilegiado a empresarios a una reunión con Jürgen Rüttgers, entonces jefe del Gobierno regional. Wüst no era Rüttgers, pero era secretario general del partido y entendió que la responsabilidad política no se diluye hasta desaparecer.

    Aquella dimisión no lo convirtió en un apestado. Tras años de trabajo parlamentario y como ministro regional de Transportes, regresó al primer plano. En 2021 sucedió a Armin Laschet al frente de Renania del Norte-Westfalia y consolidó su posición con una clara victoria electoral al año siguiente. La política alemana admite la segunda oportunidad, pero la exige después de pagar el precio de la primera responsabilidad. Es una diferencia importante: dimitir no es necesariamente el final de una vida política; es, a veces, la condición para poder continuar con dignidad.

    El caso más reciente es el de Jens Spahn, hasta hace unos días presidente del grupo parlamentario de la Unión —CDU y CSU— en el Bundestag y una de las figuras más próximas a Merz. Spahn, de 46 años, fue elegido diputado con solo 22, se hizo visible como experto en sanidad, fue secretario de Estado de Finanzas y ministro federal de Sanidad entre 2018 y 2021, durante los años decisivos de la pandemia. Conservador, eficaz en la comunicación y abiertamente homosexual, encarnaba una nueva generación de la CDU.

    Su dimisión se ha producido tras conocerse que él y su marido habían sido padres mediante gestación subrogada en Estados Unidos. La práctica está prohibida en Alemania y la CDU-CSU la rechaza. No se trata de negar el deseo legítimo de ser padre ni de convertir la vida privada en tribunal público. El problema político fue la contradicción entre su decisión y la posición que su propio partido ha defendido, junto con la pérdida de autoridad que esa contradicción provocó. Spahn asumió que ya no podía representar con la misma credibilidad a su grupo parlamentario. Ese es el punto: no fue una condena penal, sino la aceptación de que la confianza es el capital esencial de un representante.

    Hay más casos. Christian Wulff dimitió en 2012 de la Presidencia federal cuando la Fiscalía pidió levantar su inmunidad por sospechas relacionadas con favores recibidos de empresarios. Años después fue absuelto, pero el daño a la institución ya era evidente. Wulff sostuvo que Alemania necesitaba un presidente capaz de contar con la confianza de los ciudadanos; al no poder garantizarla, se fue.

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  • Die Insel ist voll

    Sí, la isla está a rebosar. No lo dice únicamente quien vive en Mallorca y padece cada día los atascos, la falta de vivienda o la dificultad de encontrar mesa en un restaurante. Me lo decía hace poco un amigo en Múnich, uno de esos alemanes que han ido a Mallorca durante años, fieles a una isla que consideraban casi suya.

    «Mis amigos están hasta las narices», me confesó. «Las carreteras se llenan de grupos de ciclistas cada vez más grandes. Los coches no pueden adelantar, los conductores con razón, se ponen nerviosos y, cuando por fin llegas a un pueblo para tomar algo, los locales están llenos. Vas al siguiente pueblo y ocurre lo mismo. La consecuencia es sencilla: no volveré a Mallorca».

    Su frase final es incómoda, pero conviene escucharla. Porque no procede de un enemigo del turismo ni de alguien que quiera dar lecciones desde lejos. Procede de un visitante habitual, de un mercado esencial para nuestras islas, que empieza a sentir que Mallorca ha dejado de ofrecer aquello que la hacía singular: espacio, sosiego, belleza y la agradable sensación de haber llegado a un lugar distinto.

    Hemos asistido recientemente a otra manifestación contra el turismo. No fue la primera y seguramente no será la última. Entiendo el malestar que la alimenta: resulta difícil defender un modelo cuando muchos trabajadores no pueden pagar un alquiler y cuando el crecimiento parece colonizar cada rincón de la isla. Pero, visto desde Alemania, estas imágenes también pueden resultar desconcertantes. Allí llegan, se difunden y no dejan precisamente una buena impresión.

    Es como si los trabajadores de Wolfsburg —donde Volkswagen emplea a unos 60.500 trabajadores— salieran a la calle contra la venta de coches de su propia marca. Naturalmente, cualquiera tiene derecho a protestar. Pero una cosa es denunciar los excesos, exigir reglas y reclamar una distribución más justa de la riqueza; otra muy distinta es transmitir al mundo que los visitantes no son bienvenidos. Mallorca no puede permitirse esa confusión.

    El turismo no es una desgracia sobrevenida. Es nuestra principal fuente de prosperidad, de empleo y de proyección internacional. El problema no es que vengan turistas, sino que durante demasiado tiempo hemos actuado como si la capacidad de la isla fuese ilimitada. Y no lo es. Una isla tiene fronteras físicas; sus carreteras, sus acuíferos, sus viviendas y sus servicios también.

    Por eso debemos hablar menos de consignas y más de medidas. Hay varias maneras de regular el turismo sin convertirlo en enemigo público.

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  • ¿Qué más sabemos hacer?

    Sabemos jugar al fútbol. Y no es poca cosa. España vuelve a estar en lo más alto, campeona del mundo, capaz de imponerse cuando llega la hora definitiva. Desde Alemania se vive de otra manera. Uno imagina el grito simultáneo que recorrió España tras el gol decisivo: casas, bares, plazas, teléfonos que suenan, abrazos entre personas que apenas se conocían un minuto antes. Hay victorias que tienen esa rara facultad de devolvernos, siquiera durante unas horas, la sensación de pertenecer a algo común.

    Qué suerte de equipo. Y qué suerte de entrenador.

    Lo confieso: no soy un aficionado empedernido. No vivo pendiente de las jornadas ni conozco al detalle las alineaciones. De esta competición vi la semifinal y la final; Pero hay partidos que nos encuentran, aunque no los busquemos. Porque, más allá del marcador, contienen una historia que entendemos bien: un grupo de personas distintas que decide hacer su trabajo al servicio de un objetivo compartido.

    En Alemania, el fútbol se toma muy en serio y los triunfos ajenos se miran con una mezcla de respeto y distancia. Quizá por eso la victoria española se aprecia con cierta claridad. No ganan once individualidades que se toleran. Gana un equipo. Un equipo que corre cuando debe correr, que espera cuando debe esperar y en el que nadie parece olvidar que el brillo de uno depende del esfuerzo de los demás.

    Conviene saborear esa alegría sin convertirla en una declaración de superioridad nacional. Los países, como las personas, no son mejores por ganar una final. Pero sí pueden aprender de la manera en que la ganan. Y España tiene más motivos de los que a veces reconocemos para confiar en sí misma.

    Sabemos hacer turismo, por ejemplo. En Baleares lo sabemos especialmente bien. No se trata solo de recibir visitantes —eso lo hace cualquiera que posea una playa y un aeropuerto—, sino de construir empresas, formar profesionales, inventar modelos de gestión y competir en los mercados internacionales. Las grandes compañías turísticas nacidas en las islas son hoy referencias mundiales. Han llevado una forma de entender la hospitalidad mucho más lejos de nuestras costas.

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  • La democracia pendiente en Baleares

    Llegué a Alemania en septiembre de 1984. Lo primero que descubrí fue que en Alemania uno no “vive” simplemente en una ciudad: se registra. Me inscribí en el Ayuntamiento, pasé por la Ausländerbehörde —la oficina de extranjeros— y me registré como residente en el Consulado de España en Düsseldorf. A partir de ese momento recuperé formalmente mi derecho al voto en España desde el extranjero.

    Mi llegada coincidió con un momento histórico. España estaba a punto de entrar en la Comunidad Económica Europea. En 1985 tuve ocasión de asistir en Bonn —entonces capital de la República Federal— a una recepción organizada por la Embajada de España con motivo de la onomástica del Rey, el 24 de junio. España acababa de firmar su entrada en Europa y se respiraba ilusión y apertura. Para mi generación, Europa no era una abstracción burocrática, sino una experiencia personal y política.

    Poco después comenzaron a llegarme cartas del Ayuntamiento alemán informándome de mi derecho a votar en las elecciones locales y europeas. Tardé un tiempo en entender algo importante: podía votar en las elecciones europeas desde Alemania o desde España, pero no en ambos países a la vez. Desde entonces he preferido ejercer mi voto europeo desde el país en el que vivo.

    Con los años me instalé en Múnich. Allí sigo recibiendo convocatorias para participar en la elección del Migrationsbeirat, el consejo de migración de la ciudad. Nunca he participado, pero me parece razonable que exista una representación consultiva de los extranjeros. No gobierna la ciudad, pero escucha, propone y canaliza inquietudes. Es una forma civilizada de reconocer que quien vive en una ciudad también forma parte de ella.

    Y entonces me pregunto: ¿qué ocurre en Baleares?

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  • ¿Y si el próximo President fuera hijo de alemanes?

    ¿Nos podemos imaginar a un alemán, hijo de alemanes y nacido en Mallorca como President del Govern de les Illes Balears?, ¿sería algo negativo, positivo o neutral?, ¿nos conviene o no nos conviene?, ¿es uno de los nuestros?

    La pregunta puede incomodar. Y precisamente por eso merece ser formulada. Porque debajo del debate político y económico sobre el turismo en Mallorca existe una cuestión mucho más profunda: la identidad cultural de la isla y nuestra capacidad de integrar a quienes viven aquí, trabajan aquí y sienten esta tierra como propia.

    Algo parecido acaba de ocurrir en Alemania. El Land de Baden-Württemberg —uno de los motores económicos del país— acaba de nombrar como presidente a Cem Özdemir. Sus padres llegaron desde Turquía en los años 60 como trabajadores invitados. Él nació y creció en Alemania. Habla un alemán impecable, domina el dialecto suabo y ha desarrollado una carrera política ejemplar dentro del Partido Verde, llegando a ser ministro federal de Agricultura.

    Hace cuarenta años, una noticia así habría provocado un terremoto político y cultural en Alemania. Hoy sigue generando debate, pero cada vez más ciudadanos lo ven con naturalidad. No porque haya desaparecido la identidad alemana, sino porque se ha ampliado la idea de quién puede formar parte de ella.

    Y ahí aparece una pregunta incómoda para Mallorca: ¿Qué significa hoy ser mallorquín?

    Porque la realidad es que miles de personas nacidas fuera —o hijos de personas nacidas fuera— forman ya parte inseparable de la isla. Algunos llegaron de la península, otros de Alemania, Marruecos, Reino Unido, latinoamérica o Senegal. Sus hijos estudian aquí, hablan castellano, mallorquín, alemán o inglés con naturalidad. Juegan en nuestros equipos, trabajan en nuestras empresas y probablemente construirán el futuro económico y social de Baleares.

    Sin embargo, seguimos utilizando muchas veces ese lenguaje mental de “nosotros” y “ellos”. El turista es “ellos”. El extranjero residente es “ellos”. El comprador alemán es “ellos”. Y la realidad es que, en Mallorca, ese “ellos” empieza a representar una parte enorme de la realidad cotidiana.

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  • El humor lo puede (casi) todo

    Cada año, en el miércoles de la segunda semana de Cuaresma, Múnich celebra uno de esos rituales políticos que solo pueden existir en Alemania: el Nockherberg.
    El escenario es la histórica cervecería Paulaner am Nockherberg, donde se inaugura el tradicional Starkbierfest, la fiesta de la cerveza fuerte que los monjes paulinos elaboraban antiguamente para sobrellevar los días de ayuno. Pero la cerveza es casi una excusa. Lo verdaderamente esperado es otra cosa: la gran sátira política del año.

    La tradición se remonta al siglo XIX. Desde entonces, un orador —el famoso “Derblecker”— se encarga de repasar con humor a todos los políticos presentes. No es un espectáculo televisivo cualquiera: los protagonistas están sentados en las primeras filas escuchando las bromas que se hacen sobre ellos. Ríen, aplauden… y a veces aprietan un poco los dientes.

    Este año el ambiente era especialmente animado. El 8 de marzo se celebraron elecciones locales en Baviera y el contexto político añadía un punto de picante a la velada. Allí estaban el presidente de Baviera, Markus Söder -al que no le falta nada de autoestima-, ministros del Land, dirigentes de todos los partidos y líderes de la oposición y el alcalde de Múnich Dieter Reiter. Tampoco faltaba Friedrich Merz en el escenario, que intenta gobernar Alemania con una coalición algo “cogida por los pelos”, mientras el país afronta dificultades económicas internas y un escenario internacional cada vez más incierto.

    En el escenario, actores y humoristas interpretan caricaturas de los propios políticos. La gracia consiste en exagerar sus rasgos, sus gestos y sus debilidades. Todos saben que van a ser retratados sin indulgencia. Y sin embargo acuden cada año. Quizá porque entienden que esa crítica pública forma parte de una democracia madura.

    Lo que más me impresiona del Nockherberg es la agudeza del humor. No es un humor cruel ni sarcástico. Es incisivo, pero elegante. Se dicen cosas muy directas, pero de una forma que permite reír a todos, incluso a los aludidos.

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  • Votar con memoria: Múnich y la sombra de los Juegos Olímpicos

    Hace unos días participé en la convocatoria ciudadana de Múnich en la que se preguntaba a los ciudadanos si deseamos que la ciudad vuelva a presentarse como sede de unos futuros Juegos Olímpicos. No es una decisión menor. No lo es para Múnich, ni para Alemania, ni tampoco para Europa. Y desde luego no lo es para quienes, como yo, vivimos aquí desde hace años —en mi caso, desde 2014— y convivimos a diario con una ciudad que carga con una memoria olímpica tan brillante como trágica.

    Múnich no es la única ciudad alemana que aspira a albergar los Juegos. Berlín también está en la carrera, y probablemente otras ciudades europeas observarán con atención el resultado de estos procesos participativos. Pero en Múnich la pregunta tiene una densidad histórica especial. Aquí, votar no es solo decidir sobre infraestructuras, movilidad o proyección internacional. Es, inevitablemente, votar con memoria.

    Ese ejercicio de memoria se me hizo especialmente presente tras ver dos películas que, curiosamente, no conocía hasta ahora y que han acompañado este proceso de reflexión personal. La primera es Munich (2005), dirigida por Steven Spielberg, que reconstruye la operación de represalia del Mossad tras el asesinato de once atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de 1972. La segunda es September 5 (2024), una película mucho más reciente que se centra en la cobertura técnica y periodística de ABC Sports durante la crisis de los rehenes.

    Ambas miradas son complementarias. Spielberg se ocupa del “después”: de la cadena de decisiones, venganzas y dilemas morales que siguieron a la tragedia. September 5, en cambio, se sitúa en el “durante”, en el momento exacto en que la historia se rompe en directo ante millones de espectadores. Y es ahí donde aparece una pregunta ética que sigue siendo inquietantemente actual: ¿somos cómplices de los terroristas si estos están viendo en tiempo real lo que transmitimos?

    La Olimpiada de Múnich 1972 fue la primera en la que el evento se retransmitió en directo y de forma masiva por televisión. Lo que hasta entonces había sido un espectáculo deportivo se convirtió, de repente, en un acontecimiento global en tiempo real. La tecnología, que debía servir para unir al mundo en torno al deporte y la paz, se transformó también en un instrumento involuntario del terror. Esa tensión —entre información, espectáculo y responsabilidad— no ha dejado de acompañarnos desde entonces.

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  • Mamá, ¿debo congelar mis óvulos?

    “Mamá, ¿debo congelar mis óvulos?” La pregunta, que hace apenas una década sonaba extravagante, se ha vuelto sorprendentemente cotidiana. Cada vez más mujeres jóvenes —brillantes, formadas, profesionalmente exitosas— se plantean esta opción como una decisión casi estratégica: ganar tiempo.

    El contexto demográfico explica parte del fenómeno. En Alemania, la edad media del nacimiento del primer hijo se sitúa hoy en torno a los 30 o 31 años, con cifras algo más elevadas en grandes ciudades como Múnich. Al mismo tiempo, la edad media de la población alemana ronda ya los 44 o 45 años. Somos una sociedad que envejece. Y que retrasa.

    Muchas mujeres expresan una dificultad creciente para encontrar una pareja estable con la que fundar una familia. Algunos hablan incluso de una “huelga generacional” masculina: hombres prolongando la adolescencia, evitando compromisos definitivos. Ante esta incertidumbre, la tecnología aparece como solución: si el tiempo biológico apremia, lo congelamos.

    Hace unas semanas, una amiga compartía en su Instagram un auténtico “coming out”: había decidido congelar sus óvulos. Explicaba que así dispondría de más margen para escoger la pareja adecuada en el momento álgido de su carrera. El mensaje era claro: no renuncio a la maternidad, la pospongo. La técnica me permite mantener abiertas todas las opciones.

    Pero, ¿realmente las mantiene abiertas?, ¿O introduce una presión nueva y silenciosa? Porque congelar no elimina la decisión, simplemente la traslada al futuro. Y el futuro, cuando llega, rara vez es menos exigente. Además, el proceso de fecundación in vitro no es precisamente amable: es invasivo, físicamente exigente y no está exento de riesgos, entre ellos embarazos múltiples.

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  • Hablando de la libertad de expresión

    Representantes de las Iglesias católica y protestante en Alemania subrayaron que la violencia nunca puede ser una respuesta a un debate de ideas, recordando que la fe cristiana se construye sobre el respeto y el amor al prójimo. En la prensa, algunos editoriales insistieron en que la polarización estadounidense no debería importarse acríticamente a Europa, mientras que otros señalaron que la figura de Charlie refleja la fractura cultural de nuestro tiempo. En la sociedad civil, asociaciones juveniles expresaron…

    Esto fue un ataque a la libertad de expresión, al derecho de un joven a defender una visión de la humanidad.

    Charlie no era un agitador callejero. Tenía carisma, pero sobre todo tenía preguntas. No buscaba plataformas; era invitado. Y una vez allí, entablaba diálogo, provocaba reflexión y removía conciencias.

    En esto se parecía a Sócrates: no ofrecía respuestas fáciles, sino preguntas incómodas. Y, como al filósofo ateniense, su valentía le costó la vida.

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