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Palma, ¿capital de la paz mediterránea?

Pienso en Mallorca y, casi inevitablemente, pienso en el Mediterráneo. En el Mare Nostrum. No como una lámina azul que se contempla desde la terraza de un hotel, sino como una de las grandes encrucijadas de la historia: una frontera y, a la vez, un puente; un lugar de comercio, mestizaje y cultura, pero también de guerras, naufragios y heridas todavía abiertas.

Hay ciudades cuyo nombre ha acabado unido a una conversación necesaria. Barcelona evoca una conferencia y un proceso de cooperación mediterránea; Múnich, la seguridad internacional; Davos —que ni siquiera es una ciudad, sino un pequeño pueblo alpino—, el encuentro anual de la economía y la política mundial. ¿Por qué Palma no podría asociarse también a una gran cita? ¿No cabría convocar cada año, en nuestro Palacio de Congresos, una Cumbre Mediterránea de la Paz?

No se trataría de competir con nadie ni de inventar una diplomacia de cartón piedra. Hay precedentes serios que demuestran que la idea no es una quimera. En noviembre de 1995, la Conferencia Euromediterránea de Barcelona puso en marcha el llamado Proceso de Barcelona. Su ambición era tan sencilla de formular como difícil de realizar: convertir el Mediterráneo en un espacio común de paz, estabilidad y prosperidad, mediante el diálogo político y la cooperación económica, social y cultural.

Aquel impulso fue continuado en 2008 por la Unión por el Mediterráneo, una organización que reúne a los Estados de la Unión Europea y a países de las riberas sur y oriental. Sus palabras clave siguen siendo cooperación, desarrollo, integración y estabilidad. No han bastado para resolver los conflictos que ensangrientan la región, pero han mantenido viva una evidencia que conviene no olvidar: los problemas mediterráneos no entienden de fronteras y no pueden resolverse desde una sola orilla.

El Mediterráneo baña las costas de unos veintidós Estados y territorios de Europa, Asia y África. En torno a él viven realidades muy distintas, con religiones, lenguas, niveles de renta y sistemas políticos diversos. Pero el mar común une también las amenazas comunes. La crisis climática y la escasez de agua; la degradación del ecosistema marino; la contaminación por plásticos; la presión sobre las costas; la masificación turística; el hormigonado que devora el paisaje; la desigualdad; los flujos migratorios; la seguridad energética y la ausencia de una gobernanza capaz de pensar a largo plazo.

Mallorca conoce especialmente bien algunos de estos asuntos. Sabemos lo que significa vivir del turismo y padecer sus excesos; preservar una costa y, al mismo tiempo, sentir la presión de convertir cada metro cuadrado en negocio; defender el agua, la vivienda y el territorio. Precisamente por ello podríamos hablar con una voz propia, sin arrogancia y sin dar lecciones. Una isla no está al margen de los problemas del mar: los recibe antes y los sufre con mayor intensidad.

Una Cumbre Mediterránea de la Paz no debería reducirse a la fotografía de los mandatarios ni a discursos cargados de buenas intenciones. Tendría que reunir a gobiernos, universidades, puertos, empresas, organizaciones sociales, científicos, alcaldes y jóvenes de ambas orillas. Habría de producir compromisos concretos: protección marina, gestión del agua, vivienda y turismo sostenible, energías limpias, cooperación cultural, corredores de conocimiento, oportunidades laborales para una juventud que no puede tener como único horizonte la emigración.

Tampoco hemos de pensar que esta tarea corresponde siempre a «otros»: Bruselas, Madrid, París o las instituciones internacionales. Palma podría promover una alianza público-privada, con la participación de las administraciones, la sociedad civil, el sector turístico, las fundaciones y las empresas. No una copia de Davos, porque el Mediterráneo no necesita más elitismo, sino un foro abierto, útil y arraigado en las dos orillas.

Tal vez sea una aspiración ambiciosa. Pero las ciudades ganan relevancia cuando se atreven a formular las preguntas de su tiempo. Mallorca ya es conocida por su belleza; quizá ha llegado el momento de que sea conocida también por convocar, cada año, una conversación imprescindible: cómo hacer del Mediterráneo no un mar que separa, sino un mar que une.

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