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  • ¿Qué más sabemos hacer?

    Sabemos jugar al fútbol. Y no es poca cosa. España vuelve a estar en lo más alto, campeona del mundo, capaz de imponerse cuando llega la hora definitiva. Desde Alemania se vive de otra manera. Uno imagina el grito simultáneo que recorrió España tras el gol decisivo: casas, bares, plazas, teléfonos que suenan, abrazos entre personas que apenas se conocían un minuto antes. Hay victorias que tienen esa rara facultad de devolvernos, siquiera durante unas horas, la sensación de pertenecer a algo común.

    Qué suerte de equipo. Y qué suerte de entrenador.

    Lo confieso: no soy un aficionado empedernido. No vivo pendiente de las jornadas ni conozco al detalle las alineaciones. De esta competición vi la semifinal y la final; Pero hay partidos que nos encuentran, aunque no los busquemos. Porque, más allá del marcador, contienen una historia que entendemos bien: un grupo de personas distintas que decide hacer su trabajo al servicio de un objetivo compartido.

    En Alemania, el fútbol se toma muy en serio y los triunfos ajenos se miran con una mezcla de respeto y distancia. Quizá por eso la victoria española se aprecia con cierta claridad. No ganan once individualidades que se toleran. Gana un equipo. Un equipo que corre cuando debe correr, que espera cuando debe esperar y en el que nadie parece olvidar que el brillo de uno depende del esfuerzo de los demás.

    Conviene saborear esa alegría sin convertirla en una declaración de superioridad nacional. Los países, como las personas, no son mejores por ganar una final. Pero sí pueden aprender de la manera en que la ganan. Y España tiene más motivos de los que a veces reconocemos para confiar en sí misma.

    Sabemos hacer turismo, por ejemplo. En Baleares lo sabemos especialmente bien. No se trata solo de recibir visitantes —eso lo hace cualquiera que posea una playa y un aeropuerto—, sino de construir empresas, formar profesionales, inventar modelos de gestión y competir en los mercados internacionales. Las grandes compañías turísticas nacidas en las islas son hoy referencias mundiales. Han llevado una forma de entender la hospitalidad mucho más lejos de nuestras costas.

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  • La democracia pendiente en Baleares

    Llegué a Alemania en septiembre de 1984. Lo primero que descubrí fue que en Alemania uno no “vive” simplemente en una ciudad: se registra. Me inscribí en el Ayuntamiento, pasé por la Ausländerbehörde —la oficina de extranjeros— y me registré como residente en el Consulado de España en Düsseldorf. A partir de ese momento recuperé formalmente mi derecho al voto en España desde el extranjero.

    Mi llegada coincidió con un momento histórico. España estaba a punto de entrar en la Comunidad Económica Europea. En 1985 tuve ocasión de asistir en Bonn —entonces capital de la República Federal— a una recepción organizada por la Embajada de España con motivo de la onomástica del Rey, el 24 de junio. España acababa de firmar su entrada en Europa y se respiraba ilusión y apertura. Para mi generación, Europa no era una abstracción burocrática, sino una experiencia personal y política.

    Poco después comenzaron a llegarme cartas del Ayuntamiento alemán informándome de mi derecho a votar en las elecciones locales y europeas. Tardé un tiempo en entender algo importante: podía votar en las elecciones europeas desde Alemania o desde España, pero no en ambos países a la vez. Desde entonces he preferido ejercer mi voto europeo desde el país en el que vivo.

    Con los años me instalé en Múnich. Allí sigo recibiendo convocatorias para participar en la elección del Migrationsbeirat, el consejo de migración de la ciudad. Nunca he participado, pero me parece razonable que exista una representación consultiva de los extranjeros. No gobierna la ciudad, pero escucha, propone y canaliza inquietudes. Es una forma civilizada de reconocer que quien vive en una ciudad también forma parte de ella.

    Y entonces me pregunto: ¿qué ocurre en Baleares?

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  • ¿Y si el próximo President fuera hijo de alemanes?

    ¿Nos podemos imaginar a un alemán, hijo de alemanes y nacido en Mallorca como President del Govern de les Illes Balears?, ¿sería algo negativo, positivo o neutral?, ¿nos conviene o no nos conviene?, ¿es uno de los nuestros?

    La pregunta puede incomodar. Y precisamente por eso merece ser formulada. Porque debajo del debate político y económico sobre el turismo en Mallorca existe una cuestión mucho más profunda: la identidad cultural de la isla y nuestra capacidad de integrar a quienes viven aquí, trabajan aquí y sienten esta tierra como propia.

    Algo parecido acaba de ocurrir en Alemania. El Land de Baden-Württemberg —uno de los motores económicos del país— acaba de nombrar como presidente a Cem Özdemir. Sus padres llegaron desde Turquía en los años 60 como trabajadores invitados. Él nació y creció en Alemania. Habla un alemán impecable, domina el dialecto suabo y ha desarrollado una carrera política ejemplar dentro del Partido Verde, llegando a ser ministro federal de Agricultura.

    Hace cuarenta años, una noticia así habría provocado un terremoto político y cultural en Alemania. Hoy sigue generando debate, pero cada vez más ciudadanos lo ven con naturalidad. No porque haya desaparecido la identidad alemana, sino porque se ha ampliado la idea de quién puede formar parte de ella.

    Y ahí aparece una pregunta incómoda para Mallorca: ¿Qué significa hoy ser mallorquín?

    Porque la realidad es que miles de personas nacidas fuera —o hijos de personas nacidas fuera— forman ya parte inseparable de la isla. Algunos llegaron de la península, otros de Alemania, Marruecos, Reino Unido, latinoamérica o Senegal. Sus hijos estudian aquí, hablan castellano, mallorquín, alemán o inglés con naturalidad. Juegan en nuestros equipos, trabajan en nuestras empresas y probablemente construirán el futuro económico y social de Baleares.

    Sin embargo, seguimos utilizando muchas veces ese lenguaje mental de “nosotros” y “ellos”. El turista es “ellos”. El extranjero residente es “ellos”. El comprador alemán es “ellos”. Y la realidad es que, en Mallorca, ese “ellos” empieza a representar una parte enorme de la realidad cotidiana.

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