Pienso en Mallorca y, casi inevitablemente, pienso en el Mediterráneo. En el Mare Nostrum. No como una lámina azul que se contempla desde la terraza de un hotel, sino como una de las grandes encrucijadas de la historia: una frontera y, a la vez, un puente; un lugar de comercio, mestizaje y cultura, pero también de guerras, naufragios y heridas todavía abiertas.
Hay ciudades cuyo nombre ha acabado unido a una conversación necesaria. Barcelona evoca una conferencia y un proceso de cooperación mediterránea; Múnich, la seguridad internacional; Davos —que ni siquiera es una ciudad, sino un pequeño pueblo alpino—, el encuentro anual de la economía y la política mundial. ¿Por qué Palma no podría asociarse también a una gran cita? ¿No cabría convocar cada año, en nuestro Palacio de Congresos, una Cumbre Mediterránea de la Paz?
No se trataría de competir con nadie ni de inventar una diplomacia de cartón piedra. Hay precedentes serios que demuestran que la idea no es una quimera. En noviembre de 1995, la Conferencia Euromediterránea de Barcelona puso en marcha el llamado Proceso de Barcelona. Su ambición era tan sencilla de formular como difícil de realizar: convertir el Mediterráneo en un espacio común de paz, estabilidad y prosperidad, mediante el diálogo político y la cooperación económica, social y cultural.