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Die Insel ist voll

Sí, la isla está a rebosar. No lo dice únicamente quien vive en Mallorca y padece cada día los atascos, la falta de vivienda o la dificultad de encontrar mesa en un restaurante. Me lo decía hace poco un amigo en Múnich, uno de esos alemanes que han ido a Mallorca durante años, fieles a una isla que consideraban casi suya.

«Mis amigos están hasta las narices», me confesó. «Las carreteras se llenan de grupos de ciclistas cada vez más grandes. Los coches no pueden adelantar, los conductores con razón, se ponen nerviosos y, cuando por fin llegas a un pueblo para tomar algo, los locales están llenos. Vas al siguiente pueblo y ocurre lo mismo. La consecuencia es sencilla: no volveré a Mallorca».

Su frase final es incómoda, pero conviene escucharla. Porque no procede de un enemigo del turismo ni de alguien que quiera dar lecciones desde lejos. Procede de un visitante habitual, de un mercado esencial para nuestras islas, que empieza a sentir que Mallorca ha dejado de ofrecer aquello que la hacía singular: espacio, sosiego, belleza y la agradable sensación de haber llegado a un lugar distinto.

Hemos asistido recientemente a otra manifestación contra el turismo. No fue la primera y seguramente no será la última. Entiendo el malestar que la alimenta: resulta difícil defender un modelo cuando muchos trabajadores no pueden pagar un alquiler y cuando el crecimiento parece colonizar cada rincón de la isla. Pero, visto desde Alemania, estas imágenes también pueden resultar desconcertantes. Allí llegan, se difunden y no dejan precisamente una buena impresión.

Es como si los trabajadores de Wolfsburg —donde Volkswagen emplea a unos 60.500 trabajadores— salieran a la calle contra la venta de coches de su propia marca. Naturalmente, cualquiera tiene derecho a protestar. Pero una cosa es denunciar los excesos, exigir reglas y reclamar una distribución más justa de la riqueza; otra muy distinta es transmitir al mundo que los visitantes no son bienvenidos. Mallorca no puede permitirse esa confusión.

El turismo no es una desgracia sobrevenida. Es nuestra principal fuente de prosperidad, de empleo y de proyección internacional. El problema no es que vengan turistas, sino que durante demasiado tiempo hemos actuado como si la capacidad de la isla fuese ilimitada. Y no lo es. Una isla tiene fronteras físicas; sus carreteras, sus acuíferos, sus viviendas y sus servicios también.

Por eso debemos hablar menos de consignas y más de medidas. Hay varias maneras de regular el turismo sin convertirlo en enemigo público.

La primera es la autorregulación. Puede parecer cínico, pero está ya en marcha: hay turistas que deciden no venir, o que cambian de mes porque perciben que julio y agosto se han vuelto incómodos, caros y masificados. Es una mala noticia si sucede por deterioro, pero puede ser una oportunidad si sabemos dirigir ese cambio hacia una temporada más larga y equilibrada.

La segunda vía es la desestacionalización. Mallorca no tiene por qué concentrar toda su actividad en unas pocas semanas. El clima, la cultura, la gastronomía, el deporte y la naturaleza permiten repartir las visitas a lo largo de más meses. La temporada se está alargando. Bienvenida sea esa tendencia, siempre que no consista simplemente en llenar también el invierno, sino en reducir los picos que hacen insoportable el verano.

La tercera medida es la más tangible: infraestructuras. No basta con pedir que se use el transporte público si no ofrece una alternativa real. Metro, tren y autobús deben ser rápidos, frecuentes y bien conectados. Hay que resolver los cuellos de botella de la Vía de Cintura y pensar la movilidad de Mallorca con visión de futuro, no con parches electorales. Tal vez necesitemos incluso un anillo exterior que conecte Santanyí, Felanitx, Sineu e Inca, descargando los ejes ya saturados. No se trata de llenar Mallorca de asfalto, sino de impedir que toda su vida pase obligatoriamente por los mismos puntos.

La cuarta medida es la más difícil: decidir hacia dónde quiere ir Mallorca. ¿Queremos ser Mónaco? ¿Miami Beach? ¿Silicon Valley? ¿O aspiramos a ser todo eso a la vez? Antes de seguir creciendo, necesitamos una visión de futuro compartida y, sobre todo, aceptar lo que esa visión implica: qué actividades queremos atraer, qué paisaje queremos conservar, qué empleos deseamos crear y qué límites estamos dispuestos a imponer.

La isla está llena. Negarlo sería absurdo. Pero convertir al visitante en culpable tampoco resolverá nada. La tarea consiste en recuperar el control: limitar lo que deba limitarse, distribuir mejor lo que llega y decidir, de una vez, qué Mallorca queremos dejar a quienes vienen detrás.

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