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En Alemania los políticos dimiten

Entre las muchas cosas que admiro de Alemania desde hace más de cuarenta años hay una que sigue produciéndome una mezcla de respeto y envidia: aaquí los políticos dimiten. No siempre, no todos y no por cualquier cosa, naturalmente. Alemania no es una república de santos. Pero existe una idea, todavía viva, de que el cargo no pertenece al político y de que la credibilidad pública puede valer más que la supervivencia personal.

Hendrik Wüst es un buen ejemplo. Hoy es ministro-presidente de Renania del Norte-Westfalia, el Land más poblado del país, y figura entre los democristianos con mejores opciones para relevar algún día a Friedrich Merz. Pero su carrera no fue una línea recta. En 2010 dimitió como secretario general de la CDU regional por el escándalo de las aportaciones que daban acceso privilegiado a empresarios a una reunión con Jürgen Rüttgers, entonces jefe del Gobierno regional. Wüst no era Rüttgers, pero era secretario general del partido y entendió que la responsabilidad política no se diluye hasta desaparecer.

Aquella dimisión no lo convirtió en un apestado. Tras años de trabajo parlamentario y como ministro regional de Transportes, regresó al primer plano. En 2021 sucedió a Armin Laschet al frente de Renania del Norte-Westfalia y consolidó su posición con una clara victoria electoral al año siguiente. La política alemana admite la segunda oportunidad, pero la exige después de pagar el precio de la primera responsabilidad. Es una diferencia importante: dimitir no es necesariamente el final de una vida política; es, a veces, la condición para poder continuar con dignidad.

El caso más reciente es el de Jens Spahn, hasta hace unos días presidente del grupo parlamentario de la Unión —CDU y CSU— en el Bundestag y una de las figuras más próximas a Merz. Spahn, de 46 años, fue elegido diputado con solo 22, se hizo visible como experto en sanidad, fue secretario de Estado de Finanzas y ministro federal de Sanidad entre 2018 y 2021, durante los años decisivos de la pandemia. Conservador, eficaz en la comunicación y abiertamente homosexual, encarnaba una nueva generación de la CDU.

Su dimisión se ha producido tras conocerse que él y su marido habían sido padres mediante gestación subrogada en Estados Unidos. La práctica está prohibida en Alemania y la CDU-CSU la rechaza. No se trata de negar el deseo legítimo de ser padre ni de convertir la vida privada en tribunal público. El problema político fue la contradicción entre su decisión y la posición que su propio partido ha defendido, junto con la pérdida de autoridad que esa contradicción provocó. Spahn asumió que ya no podía representar con la misma credibilidad a su grupo parlamentario. Ese es el punto: no fue una condena penal, sino la aceptación de que la confianza es el capital esencial de un representante.

Hay más casos. Christian Wulff dimitió en 2012 de la Presidencia federal cuando la Fiscalía pidió levantar su inmunidad por sospechas relacionadas con favores recibidos de empresarios. Años después fue absuelto, pero el daño a la institución ya era evidente. Wulff sostuvo que Alemania necesitaba un presidente capaz de contar con la confianza de los ciudadanos; al no poder garantizarla, se fue.

También dimitieron el ministro de Defensa Karl-Theodor zu Guttenberg en 2011, por plagio en su tesis doctoral; la ministra de Educación Annette Schavan en 2013, por una causa semejante; Franziska Giffey dejó el Ministerio de Familia en 2021 y la alcaldía de Berlín en 2022 tras la retirada de su doctorado; y Anne Spiegel abandonó en 2022 el Ministerio de Familia, cuestionada por su gestión durante las inundaciones de 2021 cuando era ministra regional de Medio Ambiente. Las circunstancias no son idénticas, pero revelan un mismo patrón: la responsabilidad política no espera necesariamente a que llegue una sentencia.

No conviene idealizar. También en Alemania hay resistencias, maniobras partidistas, escándalos y políticos que se aferran al sillón. Pero persiste una cultura institucional que entiende que un ministro o un presidente no solo debe ser inocente ante un juez. Debe ser creíble ante la ciudadanía.

La dimisión no debilita la democracia; la protege. Recuerda que el poder es prestado y que el soberano no es el partido ni el Gobierno, sino el pueblo electoral. Cuando un político reconoce que ha perdido la confianza necesaria para ejercer su función, devuelve a la política algo escaso en estos tiempos: la convicción de que las instituciones merecen respeto. Alemania no dimite de sus problemas. Pero, con demasiada frecuencia para algunos y con saludable normalidad para otros, sus políticos sí dimiten de sus cargos.

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