Sabemos jugar al fútbol. Y no es poca cosa. España vuelve a estar en lo más alto, campeona del mundo, capaz de imponerse cuando llega la hora definitiva. Desde Alemania se vive de otra manera. Uno imagina el grito simultáneo que recorrió España tras el gol decisivo: casas, bares, plazas, teléfonos que suenan, abrazos entre personas que apenas se conocían un minuto antes. Hay victorias que tienen esa rara facultad de devolvernos, siquiera durante unas horas, la sensación de pertenecer a algo común.
Qué suerte de equipo. Y qué suerte de entrenador.
Lo confieso: no soy un aficionado empedernido. No vivo pendiente de las jornadas ni conozco al detalle las alineaciones. De esta competición vi la semifinal y la final; Pero hay partidos que nos encuentran, aunque no los busquemos. Porque, más allá del marcador, contienen una historia que entendemos bien: un grupo de personas distintas que decide hacer su trabajo al servicio de un objetivo compartido.
En Alemania, el fútbol se toma muy en serio y los triunfos ajenos se miran con una mezcla de respeto y distancia. Quizá por eso la victoria española se aprecia con cierta claridad. No ganan once individualidades que se toleran. Gana un equipo. Un equipo que corre cuando debe correr, que espera cuando debe esperar y en el que nadie parece olvidar que el brillo de uno depende del esfuerzo de los demás.
Conviene saborear esa alegría sin convertirla en una declaración de superioridad nacional. Los países, como las personas, no son mejores por ganar una final. Pero sí pueden aprender de la manera en que la ganan. Y España tiene más motivos de los que a veces reconocemos para confiar en sí misma.
Sabemos hacer turismo, por ejemplo. En Baleares lo sabemos especialmente bien. No se trata solo de recibir visitantes —eso lo hace cualquiera que posea una playa y un aeropuerto—, sino de construir empresas, formar profesionales, inventar modelos de gestión y competir en los mercados internacionales. Las grandes compañías turísticas nacidas en las islas son hoy referencias mundiales. Han llevado una forma de entender la hospitalidad mucho más lejos de nuestras costas.
Sabemos enseñar y aprender. IESE, Esade y el IE son nombres conocidos fuera de España y atraen estudiantes de todas partes. Muchos jóvenes europeos, también alemanes, descubren que aquí se puede estudiar con ambición internacional y con una calidad que no necesita complejos. El idioma, el clima y la vida mediterránea ayudan, desde luego; pero no bastarían sin buenos profesores, centros exigentes y una sociedad que ha entendido el valor de abrirse al mundo.
Sabemos crear empresas que cruzan fronteras. En energías renovables, en infraestructuras, en gestión del agua, en transporte, en tecnología, en alimentación, en moda, en gastronomía y en cultura, hay talento español que compite de tú a tú. Sabemos construir trenes y carreteras, producir aceite y vino, diseñar, investigar, cuidar, cocinar. Sabemos convertir el sol, que durante tanto tiempo parecía un mero elemento del paisaje, en una fuente de energía.
Sabemos también vivir. Puede parecer una frivolidad, pero no lo es. La vida en común, la conversación larga, la mesa compartida, la calle como espacio de encuentro, la familia y los amigos como red de seguridad: todo eso forma parte de una riqueza difícil de medir en estadísticas. En una Europa que envejece, se inquieta y a menudo se encierra en sí misma, España conserva una capacidad envidiable para hacer comunidad.
Naturalmente, no todo funciona. Sería ridículo ignorar los salarios insuficientes, la dificultad de los jóvenes para emanciparse, la precariedad, la vivienda inalcanzable en tantos lugares o la tentación permanente de dividirnos. También sabemos discutir, y a veces demasiado. Pero una sociedad madura no es la que se contempla en el espejo con admiración, sino la que reconoce sus defectos sin dejar de ver sus capacidades.
Tal vez ahí esté la lección del fútbol. El secreto para ser campeón no consiste en creer que uno es el mejor. Consiste en jugar como equipo. En que cada cual aporte lo que sabe hacer y comprenda que no hay victoria individual que valga lo que una tarea bien compartida.
España tiene mucho que mejorar. Pero, después de celebrar este triunfo, quizá podamos hacernos una pregunta menos retórica y más útil: si sabemos hacer tantas cosas bien, ¿por qué no decidimos hacerlas juntos?